Sí a mi vida por una generación consciente

hace 1 hora
Por: Arturo Charria

De qué sirve sumar si es para contar muertos

Estas noches ha llovido tanto que toda el agua no podría caber en un verso de César Vallejo. Es un golpeteo constante sobre las ventanas que me mantiene en vigilia: el sonido se siente cercano y al fondo los truenos alumbran el cielo. A veces solo escucho el estruendo ronco sin luz y no importa aclarar la mirada para buscar del otro lado, porque todo está oscuro.

Desde hace días las noches son así en la ciudad: un ta ta, clap clap, plap plap, que suena dispar en las ventanas de la casa, como si un coro de agua nos recordara los tiempos que estamos viviendo.

Entonces no basta abrir los ojos para saber que estoy despierto, ni hacer vanos intentos para dormir de nuevo: contar las gotas o tratar de ubicar el punto exacto en que caen es un esfuerzo inútil, porque nada sirve para recuperar el sueño perdido. Pienso en cualquier cosa. Por ejemplo, ordeno los recuerdos del día que acaba de pasar: la cotidianidad pasa fulminante por la mirada. La lluvia sigue afuera: una dos tres cuatro gotas: la cuenta se evapora, son muchas gotas cayendo desordenadamente sobre el tejado y sobre las ventanas.

Ahí, entre el ruido y la vigilia, aparece el país que también se derrumba, como las cuentas inconclusas que hago de la lluvia. Siete niños mueren en un bombardeo del ejército. Ocho se confirma al día siguiente. Quizás pueden ser dieciocho, dice un nuevo reportaje noticioso. Gota, tras gota, caen las cifras de las noticias sobre la ciudad.

Para distraer la memoria, busco un verso sobre la lluvia. El poeta peruano siempre surge como una tabla en medio de un naufragio: “Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no / tengo ganas de vivir, corazón!”. Con los ojos cerrados me hago a una idea del verso, trato de hacer una representación mental de las palabras para llenar de imágenes cada letra. Pero la lluvia se precipita en la memoria igual que las bombas sobre los niños y niñas forzadamente en armas. El verso estalla por una realidad que lo desborda, como la lluvia remueve los muertos de las fosas.

El estruendo de la bomba sobre los niños y niñas muertos me deja aturdido. Todo queda en blanco. Parece un lienzo infinito: es el silencio después de la bomba, el mismo que queda al final de un verso.

Siete. Ocho. Dieciocho. Cada golpe de agua sobre la ventana recuerda la cifra: son los gritos que no escuché y que ahora me despiertan en medio de la noche. No basta con sentir culpa.

Siete. Ocho, Dieciocho. De nuevo un verso de César Vallejo: “Y, desgraciadamente, / el dolor crece en el mundo a cada rato, / crece a treinta minutos por segundo”. El corazón palpita, galopa en el pecho y la respiración es una forma de contener su aleteo incesante de paloma herida. Trato de respirar para domar un corazón que tiene las alas rotas.

Siete. Ocho. Dieciocho. De qué sirve sumar si es para contar muertos.

Siete. Ocho. Dieciocho. Afuera sigue lloviendo. Llueve toda la noche y el agua no deja de caer.

Dieciocho. Ocho. Siete. Contar hacia atrás para intentar cambiar el pasado, para devolver la vida a los que ya no están, para dejar de sentir tanta culpa por no haber hecho lo suficiente. Para salvarlos. Para salvarme.

@arturocharria

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