Por: Alvaro Forero Tascón

¿De quién es la culpa del ascenso de Gustavo Petro?

La derecha colombiana lleva años invocando el fantasma del “castrochavismo”.

De tanto invocarlo, el fantasma se les apareció, pero en cabeza de Gustavo Petro y no de las Farc. La pregunta es por qué. La tesis de que permitirles a las Farc hacer política las llevaría al poder a corto plazo era simplemente absurda. Y peor, que la coalición del presidente Santos se uniría electoralmente con las Farc para elegir un gobierno de transición. La coalición de Santos está con Germán Vargas y Humberto la Calle, quien se rehusó a hacer una consulta con Gustavo Petro. Y la coalición por la paz, que incluye a la Alianza Verde y el Polo Democrático, tiene de candidato a Sergio Fajardo, quien en la encuesta de Invamer es el único que le gana a Petro.

¿De quién es la responsabilidad, entonces, de que Petro encabece las encuestas luego de haber sido un alcalde de Bogotá impopular? La respuesta es tan fácil que estaba cantada.

En una columna de septiembre de 2016, titulada “El riesgo no es la paz, sino el populismo”, planteé que “el riesgo del populismo de izquierda no está en darles acceso a las Farc a la democracia, sino en pavimentarles el camino con populismo de derecha”. Que “el populismo no nace espontáneamente. Gaitán surgió luego de los excesos de Laureano Gómez y la ruptura del Establecimiento por la polarización extrema que llevó a la caída del gobierno de Alfonso López Pumarejo. Donald Trump surgió luego de que la oposición republicana, ciega de odio por Obama, degradara la política con mentiras extremistas, pintando como izquierdista peligroso a un presidente moderado que salvó la economía del colapso y sacó a su país de dos guerras perdidas”. En la campaña estadounidense se retroalimentaron el populismo de izquierda de Bernie Sanders con el de derecha de Trump.

Y agrego que el riesgo de castrochavismo sólo puede darse si continúa “reforzándose la tendencia populista actual de deslegitimar al Estado por medio de una oposición feroz que promueve el odio personal al presidente, la acusación permanente de ilegalidad de todos los actos del Gobierno, las cortes y el Congreso, los llamados a la resistencia y desobediencia civil, el uso de acusaciones temerarias y falsas como forma de hacer política, el apoyo a paros camioneros y la resistencia a reformas como la tributaria. Pero sobre todo, la técnica populista de crear una división rencorosa entre ciudadanía y gobernantes. Una cosa es la baja legitimidad del Estado y otra la confrontación agria entre poder y ciudadanía. La paz podría ser un gran legitimador del sistema político, pero el fraccionamiento está impidiéndolo”. Y termino diciendo que “es la división del Establecimiento, que debilita su capacidad para hacerles contrapeso, y la deslegitimación de las instituciones por un sector del propio Establecimiento, que quiere atajar el populismo con populismo”.

En otra columna de marzo de 2017, titulada “¿Riesgo de populismo de izquierda… o de derecha?”, agrego, refiriéndome al uribismo, que “de tanto imitar las estrategias extremistas norteamericanas podría sucederle lo mismo: que Alejandro Ordóñez u otro populista aparecido coseche toda la rabia que lleva años sembrando”.

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