Por: Reinaldo Spitaletta

De Quintín y otros indígenas

Pudiera decirse que desde hace más de quinientos años a los indígenas les están dando palo. Y espada y látigo y bala.

Que el levantamiento de los nasa en el Cauca es un conflicto de vieja data, que hace parte, además, de una larga lucha por la tierra. Es parte de la historia del despojo. Los últimos acontecimientos en esa zona, que vuelven a visibilizar a los indígenas, pero como si fueran culpables, según el enfoque sesgado de algunos medios de comunicación, sirven para mirar hacia atrás y analizar un poco cuál ha sido la trayectoria del problema.

Para no ir tan lejos, como a los tiempos en que a los indígenas del Cauca les quitaron sus resguardos, vamos hasta los días de Manuel Quintín Lame (1880-1967), el “indio que se educó en la selva” y que resistió ya no a las políticas de los colonialistas europeos, sino a las de la oligarquía colombiana. Lame, descendiente de paeces, fue uno de los emblemas indígenas en la lucha por la recuperación de sus territorios y de su cultura. Habría que precisar que a aquéllos desde tiempos viejos los fueron expulsando de las tierras planas para arrinconarlos en las menos productivas.

A Lame le correspondió ser “paje” en una hacienda que, antes, siendo tierra de indios, había pasado a manos de terratenientes. Los indígenas tenían que pagar con trabajo no remunerado el derecho a sembrar en parcelas que se consideraban de propiedad de un hacendado. A partir de 1911, el que se convertiría en uno de los líderes indígenas más importantes del país, inició la lucha para que los de su “raza” tuvieran el derecho de poseer la tierra de sus ancestros. Estudió el Código Civil y en el Archivo Nacional consultó las cédulas reales de los resguardos. Supo que tenían el dominio inalienable sobre el territorio que los hacendados les habían arrebatado.

Y como nadie hizo caso de la documentación, promovió levantamientos en el Huila, Tolima, Cauca y el Valle. El resto es historia. Quintín Lame, en cualquier caso, marcó una de las tantas resistencias civiles de los indígenas frente a diversos atropellos estatales y de particulares.

Más reciente ha sido la “macartización” de los movimientos indígenas. Sus marchas y protestas son asimiladas tendenciosamente con asuntos de las Farc. Pasó por los mismos días en que los corteros de caña del Valle del Cauca que se levantaron por sus reivindicaciones, fueron señalados como simpatizantes de la guerrilla, ¿se acuerdan? La minga indígena de 2008, por ejemplo, acusada por el gobierno de entonces, el del señor de los caballos, como parte de una conspiración de “la Far”, fue una demostración de protesta por los constantes asesinatos cometidos por los paramilitares. De 2002 a 2008 iban, según la Organización Nacional Indígena de Colombia, 1.240 muertes.

Se denunciaba entonces cómo en los territorios indígenas, tanto las transnacionales como grupos armados ilegales, aspiraban a ejercer control en esas zonas. Las reclamaciones tenían que ver con el respeto a sus tierras y a sus vidas. La respuesta oficial de entonces fue a punta de tanquetas, disparos, gases y acusaciones de infiltración guerrillera. Los señalaban como violadores de la Constitución y la ley, cuando lo que pedían era, precisamente, el cumplimiento de éstas. En este punto podríamos decir con el poeta: “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”.

Arquímedes Vitonás, líder de los nasa en el Cauca, dijo, en torno a los recientes incidentes en esa geografía, que “la exigencia al respeto de nuestro territorio molesta tanto al Gobierno Nacional como a la guerrilla” (El Mundo 07-23-2012). Además, insistió en una salida pacífica al conflicto que ha mantenido desde hace años a los indígenas entre todos los fuegos. Así que el problema va más allá de calificarlos a la ligera como “indígenas terroristas”.

Bueno, esto último no es raro en un país en el que, desde hace rato, se satanizan las luchas populares. De eso modo, las reivindicaciones de obreros, estudiantes, trabajadores de la salud, de los desplazados y de la resistencia indígena se empacan en la vieja denominación de “guerrilleros de civil”. Qué susto. 

 

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