Por: Aurelio Suárez

De reserva a urbanización

Urbanizar 606 hectáreas de una “ampliada” Reserva Van der Hammen, de 1.395 a 1.710, es presentado por Enrique Peñalosa como aumento de la calidad ambiental de la estructura ecológica de la capital. Él descree de la reserva porque “no hay micos” y “solo potreros”. La concepción del profesor Van der Hammen se fundó en la conectividad que juega entre cerros y río y cuyo uso  sería el suministro de géneros agropecuarios e impedir la conurbación de Bogotá con municipios vecinos.

El carácter de ecosistema estratégico de la reserva está convalidado por estudios científicos sobre biodiversidad, no solo de aves, como medidores de la conectividad, sino también de 20 especies endémicas y familias y subfamilias de mariposas, además de 486 de coberturas vegetales, la mayoría nativas, que con líquenes, musgos y hepáticas llegarían a 514 (Mutis, 2016). La gran biodiversidad implica orientar los predios a consolidar la función planeada, ratificada por la CAR desde 2001.

De aprobarse en el POT la Urbanización Peñalosa, se incorporarían al mercado de tierras las hectáreas urbanizables. Los propietarios, entre los que sobresalen constructoras y   bancos —que poseen 30 % del terreno (El Espectador, 2016)— elevarían  su rentabilidad a más 100%, bien al exorbitante ritmo de los últimos años, acorde con el índice de precios del suelo (IPS, Banrepública), o al histórico 8,77 % anual, como inversión en tierra de largo plazo, según estudio de Jaramillo (CEDE, 2014).

El incremento de plusvalía, por ampliar el perímetro urbano, se reforzaría con la extensión de las redes de servicios públicos y la construcción de vías, cuyo desarrollo  correría por cuenta de los contribuyentes. La movilización del tubo madre del acueducto costaría $1 billón, sin contar el costo de  construir 29 kilómetros de vías, cuyos recursos provendrían del Conpes, regalías y endeudamiento. Con los créditos, y otras pizcas, el sector financiero se llevaría también su gran tajada.

La penetración de troncales y avenidas es la forma primera de abandonar la idea de Van der Hammen, acarreando ganadores de ya reconocidas rentabilidades, como fabricantes y operadores de buses. Y dado que se propone conectar con el proyecto Lagos de Torca, multiplicaría la valorización de suelos y construcciones. No hay interés ambiental, incluyendo los renombrados corredores verdes, que  operarían solo como separadores entre megaproyectos de vivienda. Es una encubierta maniobra de especulación.

Marcadas tendencias sociodemográficas y urbanísticas contradicen las ficciones de la Urbanización Peñalosa: 1) el DANE (2018) y los estudios de Pachón y Rojas (Sociedad de Mejoras, 2017), desvirtúan que en 2050 vivirán acá 11 millones de personas; 2) el crecimiento hacia Soacha y Bosa marca al sur como destino prioritario de ocupación; 3) lo que viene creciendo es el índice de densidad, de 125 personas por hectárea en 1990 a  218 en 2019; 4) 86 % de los habitantes son de estrato 1, 2 y 3, y 5) los hogares unipersonales llegaron ya a uno de cada cinco. Bajo tales premisas ¿sería factible la Urbanización Peñalosa? ¿Buscaría su última “hazaña”, además del grave menoscabo ambiental y la tergiversación amañada de la idea de Van der Hammen, de inducir a la quiebra a quienes han sido sus compadres por décadas? Sería del extraño mundo de Subuso.

* Especial para El Espectador

839821

2019-02-14T22:00:06-05:00

column

2019-02-14T22:00:06-05:00

jgonzalezpenagos_79

none

De reserva a urbanización

26

3560

3586

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Aurelio Suárez

Ley TIC: “ley sastre”

Ley de Say y consumo de sustancias sicoactivas

Sergio Fajardo, alguien más que un profesor

Hundir la revocatoria: ¿orden “purasangre”?