Por: Klaus Ziegler

De stella nova

En uno de los brazos espirales de una galaxia distante, una estrella antes invisible ha comenzado a brillar. Los grandes telescopios revelan una imagen reminiscente del famoso óleo “la noche estrellada”, de Vincent van Gogh: la enorme galaxia M101 de la Osa Mayor, o galaxia del Molinete. Abajo, ligeramente a la derecha, las fotografías muestran una mancha blanco azulada que nadie antes había notado. El insignificante punto de luz perdido en la inmensidad del espacio es el testimonio distante de un cataclismo de dimensiones inimaginables, de una explosión estelar de excepcional violencia que lleva por nombre un código críptico: PTF11kyl.


Pero lo que se observa a través del ocular es realmente una película en diferido de acontecimientos sucedidos hace veintiún millones de años, durante el cuarto período del Cenozoico, en el calendario terrestre, época en que nuestros ancestros más antiguos hacían su debut sobre la Tierra. La noticia de la gran explosión solo nos ha llegado ahora, millones de años después, tiempo que tardó la luz en recorrer las inimaginables distancias intergalácticas hasta alcanzar nuestro planeta.


Las supernovas son explosiones de estrellas gigantescas que se desintegran en una serie de eventos que ahora los científicos son capaces de predecir con asombrosa precisión. Todo comienza cuando el hidrógeno en el corazón de la estrella se agota, su núcleo se contrae, y el viejo sol que antes resplandecía con luz cegadora se torna rubicundo y abultado. El helio toma el lugar del hidrógeno y se fusiona en su totalidad. Cuando las reservas de estos elementos primigenios se extinguen, el núcleo se vuelve aún más pequeño y pesado. En los últimos años el carbono se transforma en sodio, magnesio y neón; luego este gas pierde su nobleza para convertirse en silicio y azufre. Pocos días le quedan a la moribunda estrella para que transmute su silicio en hierro. La energía por fusión finalmente se agota; el final es inevitable. De repente, y en segundos, la gigante roja colapsa bajo su propia gravedad y se transforma en un cuerpo celeste tan sublime como lo pudo haber imaginado Aristóteles, en una esfera perfecta de apenas diez kilómetros de diámetro llamada “estrella de neutrones”. Una canica fabricada con esta extraña forma de la materia pesaría varios millardos de toneladas, una masa tan descomunal, que si se posara sobre el suelo terrestre se hundiría de inmediato hasta llegar a los mismos antípodas.


Pero el inconcebible astro es efímero. En cuestión de horas una poderosa onda de choque sacude sus entrañas. Cuando esta finalmente aflora a la superficie, la masiva estrella se destroza en mil pedazos que salen despedidos a más de quince mil kilómetros por segundo. Durante varios días sus despojos mortales brillan con la luz de mil millones de soles, para finalmente extinguirse en un grandioso final, a medida que el material eyectado se expande por la vastedad del cosmos. Pero la muerte no ocurre en vano: sus cenizas contienen los elementos básicos que constituyen toda la materia que nos rodea, desde el silicio de las rocas hasta el oxígeno y el carbono, sin los cuales sería imposible el milagro de la vida. Hay más realidad que poesía en la sentencia “estamos hechos de polvo de estrellas”.


Espectáculos como esos son relativamente escasos en la Vía Láctea. El más grandioso jamás registrado fue la enorme supernova del año 1066, de la cual fueron testigos astrónomos árabes y europeos. Según cuenta la historia, una estrella apareció de súbito en el cielo, con tal fulgor, que podía verse incluso durante el día. "Sus rayos sobre la Tierra eran como los de la Luna, y tan brillantes que bajo su luz se podían ver las cosas claramente". Se estima que la explosión alcanzó a ser trescientas veces más luminosa que Venus. Otra gran supernova fue observada por astrónomos chinos en el año 1054. Donde alguna vez estuvo el colosal huésped hoy solo queda una tenue nube de gas en expansión, conocida como “la nebulosa del cangrejo". En su centro se halla una estrella pulsante más pesada que el Sol, aunque de escasos veinte kilómetros de diámetro, un faro cósmico que señala con sus poderosos destellos electromagnéticos el lugar del cataclismo.


Han transcurrido más de cuatrocientos años desde que apareciera una estrella visible en el cielo diurno. La última brilló durante varios días de octubre de 1604, y por esas increíbles y afortunadas casualidades del destino pudo ser observada nada menos que por Johannes Kepler. Sus minuciosas investigaciones se recogen en su libro De Stella nova in pede Serpentarii (Sobre la nueva estrella en el pie del portador de la Serpiente).


Las supernovas en nuestra galaxia son fenómenos extraordinarios, aunque potencialmente fatales. Cualquiera de estas monstruosas explosiones en un radio de cien años luz de la Tierra sería catastrófica. Algunos creen que una brutal descarga de rayos gamma, producto de algún cataclismo estelar en algún rincón de la galaxia, pudo haber causado la extinción en masa del Ordovícico, un evento en que desaparecieron más del 85% de todas las especies vivas. Por fortuna, las candidatas más peligrosas, como la gigante Eta Carina, no se encuentran en el vecindario.


Existe, no obstante, un ominoso sistema binario (HR 8210), similar al que dio origen a la supernova que desde hace días desvela a los astrónomos, situado a solo ciento cincuenta años luz. Sistemas como estos son responsables de las supernovas más poderosas del universo, las de tipo Ia. Pero no hay razón para alarmarse, pues todavía tendrán que trascurrir por lo menos mil millones de años antes de que la insaciable enana blanca devore por completo a su compañera y pueda aspirar a convertirse en superestrella. Por el momento, es seguro que el lector tendrá otros problemas más urgentes de que preocuparse.
 

 

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