Por: Piedad Bonnett

De tal palo...

Infame: esa es la calificación que se merece el Twitter de Saúl Hernández Bolívar —columnista de El Tiempo— que le mereció una avalancha de críticas e insultos por la misma vía: “Navarro sigue conmovido por suicidio de su hijo. ¿Y por las víctimas del M19 también?”.

Se necesita mucha ruindad para atreverse a trinar eso; y mucha insensibilidad y desconocimiento de lo humano, porque ¿a quién se le ocurre sugerir que la conmoción por la muerte de un hijo cesa a las pocas semanas del hecho? ¿O que el momento para endilgarle a Navarro acciones de su antiguo partido es este, el de mayor dolor y vulnerabilidad de un padre, aduciendo que “para hablar de víctimas no puede haber escenarios inoportunos”? Algo así se le ocurre tan sólo a alguien con mucho odio y deseo de ensañamiento, a un representante de esa parte de la sociedad que está ahí para no perdonar ni lo ya perdonado, esa que se obstina en creer que el mejor camino es la guerra y no la reconciliación.

El señor Hernández, un uribista furibundo y recalcitrante que explica todo, hasta la injusticia de las críticas recibidas, desde su afiliación política, es tan descarado —y obtuso— que en vez de admitir su descache y pedir excusas al ofendido y a los lectores de su Twitter, arremete de nuevo en su columna con unos argumentos que acaban de hundirlo. “Si la tragedia familiar que le tocó en desgracia al senador Navarro —escribe— hubiera acaecido en el entorno íntimo de un jefe paramilitar, de un militar acusado de ‘falsos positivos’ o de un supuesto ‘parapolítico’, un mensaje como el mío habría pasado inadvertido en medio de las lindezas que esta gente suele propalar”. “Esta gente”, como llama a los twitteros, es para Hernández una horda homogénea de izquierdistas y antiuribistas —así lo afirma en un primer párrafo— que lo ataca, según él, no por haberse equivocado, sino por razones ideológicas. Horda que él opone a los paramilitares, parapolíticos y militares acusados de falsos positivos. ¿Se habrá dado cuenta de a qué da pie con esa contraposición?

Sus conclusiones son totalmente rebuscadas: “Pero si, en medio de una negociación en la que se les va a otorgar total impunidad a unos terroristas brutales, no se le puede preguntar a un líder amnistiado si hay algún sentimiento de conmiseración por sus víctimas, queda claro que a las Farc será imposible preguntarles por las suyas”. Más allá de la torpeza de su obcecamiento, lo que cualquier lector puede apreciar en la columna de este insigne uribista es lo que vemos cotidianamente en la extrema derecha: uso de armas ruines, paranoia manifiesta, manipulación perversa de los argumentos y la estrategia de atacar cuando se ven acorralados por las investigaciones.

Para que después de una posible firma de la paz no recaigamos en el odio que tantas muertes ha causado entre los colombianos, necesitaríamos una derecha respetable, que no acuda al agravio, a la ilegalidad —la que hoy mantiene en el exilio a algunos de sus miembros—, a la vociferación incendiaria, a la tergiversación y la mentira. Desafortunadamente, en el caso de Saúl Hernández, sólo podemos decir: de tal palo, tal astilla.

 

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