Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 5 horas
Por: Arturo Guerrero

De un año a otro

A tres días del conteo regresivo, 2017 se viene abajo. Así el siglo, así el milenio. Los humanos son los contabilistas del tiempo, los que asignan ritmos al transcurso físico de los astros. Utilizan el sol, la luna, los más cercanos, los obvios. Pero desdeñan los centenares de millones de moles volantes que por igual cumplen un trote metódico y cumplidor.

Incluso los pueblos orientales, los judíos, los aborígenes reverencian cálculos diferentes. Triplican los dos milenios de Occidente. De modo que nadie se arroga con justicia el privilegio de ser el árbitro del conteo de las edades.

En realidad, la duración y sus lapsos carecen de referente en la muda repetición de los ciclos naturales. Son los hombres, los ignorantes de todo, quienes asignan cortes drásticos y cíclicos a la molienda temporal. La suma y resta de años, siglos, milenios es operación del cerebro.

Sucede que esta aritmética se vuelve costumbre, se apelmaza en libros, decretos, tumbas, almanaques. Entonces la gente cree que la sucesión de intervalos es ciencia. No se da cuenta de que se trata únicamente de un acuerdo múltiple. Un día nace una religión y los habitantes de un hemisferio terrícola deciden que comienza el genuino tiempo.

Y aquí vamos, entrando a 2018, como si el reloj que nos mide fuera único e infalible. Por supuesto que esta ilusión sirve de algo. Somos biologías cíclicas, nos gusta establecer metas, separar con tajos las tareas, cortar con machete un antes y un después.

Merced a estos trucos organizamos las fiestas, los asuetos, las revisiones sobre lo vivido, las apuestas sobre el porvenir. Las fechas así puntuadas se convierten en acicates, enmarcan los ritos, instigan las ambiciones.

¿Es capaz alguien de sustraerse a esta maquinaria artificial y eficaz? Por supuesto. Más aún, los campeones de la historia son quienes agobiados en sus cubículos se ponen a un lado del jaleo público y se arman un calendario más parecido al de los faraones que todavía hoy esperan en sus pirámides la segunda oportunidad del alma.

No son individualistas por fuerza estos titanes. Simplemente están proyectados por encima del presente hacia panoramas que regirán dos o tres siglos adelante. Necesitaron apartarse de la rueda mayoritaria para volverse contemporáneos de los que no han nacido.

El tiempo entonces es relativo, subjetivo y fruto de una convención. Hoy lo adoramos, en víspera del año nuevo, porque pertenecemos a una tribu regulada desde hace siglos. Pero es bueno ponerlo en su sitio, despojarlo de prosopopeya.

El 31 alzaremos el vaso de licor como guiño de complicidad con quienes amamos. En sigilo, sin embargo, brindaremos por el vasto universo de interminable recorrido que algún día alimentaremos con nuestra química portátil.

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