Por: Nicolás Rodríguez

De un peñalosista arrepentido

Hace unos años viví de cerca el peñalosismo. Casi puedo decir que milité en las huestes peñalosistas. Defendí la transformación de la ciudad. Me creí el cuento. Añoré el milagro.

La tarea era siempre la misma: mostrar que la mamertería que criticaba sus políticas con calificativos fáciles del tipo de “neoliberal” y “privatizador” no era, en realidad, ni de avanzada, ni liberal, ni social. Lo revolucionario, por el contrario, eran los parques, las bibliotecas, la noción misma de espacio público, el transmilenio, los colegios. Ahí estaba la equidad. La ciudad soñada.

Nunca estuve de acuerdo con la forma como desaparecieron el Cartucho, con esa efectiva y olímpica (si no es que bárbara) fórmula de la limpieza disfrazada de renovación. Y, por supuesto, lamenté lo de las losas del transmilenio, así como maldije el carácter mismo del líder, sin ningún carisma, tan despectivo, incluso falso cuando le llegaba la hora de sonreír. Sin embargo, hubo un modelo de ciudad. Y unos ejes de discusión básica, que interpelaban lo colectivo, lo democrático, lo público, incluso lo estético.

Pues bien, de todo aquello ya no queda gran cosa. Nadie podrá decir que Peñalosa no está preparado para gobernar la ciudad. Aun así, lo cierto es que entró en un pragmatismo que haría sonrojar hasta a Valencia Cossio. Primero el abrazo a Uribe. Imperdonable. Después, los concejales cuestionados por nexos con el cartel de la contratación. Se hizo el loco. Y para terminar, la respuesta al tema de las iglesias en el coctel bailable que armaron El Tiempo y W Radio el jueves pasado. Sin más, nos dijo que eran éstas las llamadas, pues, a sacar a Bogotá del hueco en el que está. Las iglesias y no, por ejemplo, las ciclorrutas. ¡Las iglesias!, con éstas y los valores que irradian se haría la ciudad del siglo XXI.

Ese y no otro fue el símbolo con el que se despidió el gran constructor de ciudades que fue Peñalosa, ahora convertido, por lo visto, en un seguidor más de Gilma Jiménez.

Dosis mínima: A David Luna, que heredó lo bueno del peñalosismo, lo marginaron con el tedioso argumento de que es que es muy joven. A Petro, cuyo sí al procurador lo hace tan detestable, le dicen que le perdonan lo del M-19 con el único objetivo de que a nadie se le olvide. Y a Carlos Vicente de Roux, que muchos queríamos ver en la Alcaldía, habría que elegirlo, de nuevo y sin falta, en el Concejo.

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