Por: Cristina de la Torre

De vida o muerte

Sí, así serán las elecciones del domingo.

No sólo porque a la fecha la campaña acumula 43 candidatos asesinados, como en los peores tiempos de esta guerra. Es también porque plantean una disyuntiva crucial: o se arroja un salvavidas a nuestra maltrecha democracia, o se consolida en provincia la toma del Estado por las mafias armadas y sus amigos, el notablato político y empresarial. Y en Bogotá, o se reelige al brazo político de los carteles de la contratación —17 concejales de todos los partidos llamados a indagación preliminar por presunta participación en ellos—, o bien se eligen figuras nuevas, representantes genuinos de la ciudadanía y capaces de controlar al poder. En provincia, la insurgencia social que se impuso a bala y en los últimos ocho años se atornilló a los despachos oficiales, se la juega toda por preservar sus conquistas y ensancharlas. Se trata de doblegar definitivamente a jueces, alcaldes y concejales al interés de sus negocios particulares, narcotráfico comprendido; de afirmar su control sobre el erario, la reasignación de regalías, los billones destinados a la reconstrucción de lo que el invierno se llevó; pero, sobre todo, de boicotear la restitución de tierras.

A perspectiva tan alarmante contribuye la anarquía de los partidos que, horros de ideas y programas, disgregan su energía en la glotonería de políticos casi siempre abiertos a corromper o a dejarse corromper. No los inspira el bien general sino el propio. Reducen la política a la búsqueda del lucro indebido que puedan extraerle a una curul. Lo que la tierra da silvestre: maleza, plantas carnívoras. Ni figuras prestantes ni estadistas. Mas, acaso guiada por un instinto de conservación, empieza la sociedad a reaccionar contra la corrupción. Gina Parody debe su prestigio a la valentía con que se opuso a la presencia de Mancuso y sus secuaces en el Congreso cuando, dueños de la escena, revelaron que suyo era un tercio de la corporación. En cambio Peñalosa, candidato del partido que se decía azote del todo-vale, se cuelga al cuello la pesada roca del expresidente que simboliza lo contrario… Y se lanza al agua. Es fama que Gustavo Petro le dio con la puerta en las narices a algún intrigante que en 1999 le ofreció 60 millones si aprobaba una ley de su interés. Este hombre antimafias desencadenó el proceso de la parapolítica que llevó a la cárcel a decenas de parlamentarios. Fue el promotor de las denuncias contra el carrusel de la contratación en Bogotá, que hoy tiene tras las rejas al alcalde mismo de la capital, y eventualmente a muchos de sus concejales cómplices. Si resulta elegido alcalde no será sólo por el recuerdo aún fresco de su brillante candidatura a la Presidencia, sino por la entereza en su batalla contra la corrupción.

En este despertar, candidatos hay al Concejo de Bogotá que irrumpen como una bocanada de aire fresco. Roberto Hinestrosa, decano de Finanzas de la Universidad Externado, exhibe credenciales de experiencia en la vida pública y de solvencia moral necesarias para ejercer control político desde esa corporación, a la cual aspira a llegar como cabeza de lista de Cambio Radical. Fue viceministro de Justicia y jefe de gabinete de Cundinamarca, desde donde contribuyó a diseñar la ciudad-región. Angélica Lozano, candidata número 7 por el movimiento Progresistas, fue alcaldesa local de Chapinero y líder del movimiento cívico que derrotó el proyecto del Transmilenio ligero por la Séptima. Lozano impidió así repetir en esta avenida el drama de la 26: probó que al millonario contrato le faltaban diseños, predios y licencias. Pueda ser que las nuevas caras revolucionen el Concejo. Y les insuflen a sus colectividades la savia de las ideas y de programas que los conviertan en partidos verdaderos pues, sin partidos, la democracia es pantomima.

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