Por: Arturo Guerrero

De vuelta al cariño verdadero

La corrupción es la medida de todos los hombres. Es tan honda esta certeza pública, que la gente está convencida de que cada cual tiene su precio.

Es asunto de subir la oferta, para que el más resistente caiga. La honradez está tasada y siempre sale en derrota.

Roban los de arriba, roban los de abajo, pobres y ricos hacen festín con sus conciencias. ¿Conciencias? ¿Acaso subsiste en esta sociedad algo que se asimile al espejo de adentro donde sin escapatoria miraban la verdad los antiguos, los aborígenes, los niños?

No, ya se extinguió, la conciencia está abolida. El vetusto tribunal individual perdió solemnidad, ahora no grita, a lo sumo persiste de él un somero eco de remordimiento que a nadie asusta. La muerte de la conciencia, por lo menos en la escala planetaria actual, es tragedia no muy antigua.

Sucedió desde cuando en su lugar triunfó el interés. Es que la conciencia vinculaba a las personas con su entorno, con las demás personas, con árboles, ríos, el horizonte grisáceo. El interés, por el contrario, troncha esos lazos. El interés mira al ombligo, se ocupa del crecimiento aislado de la propia tripa sin atención alguna por los otros, sin advertir que esos otros y el mundo también son uno.

Igual que capital, fama y poder, el interés no conoce saciedad. Es una sed que crece a medida que se le sacia. Es suplicio imposible de aplacar con su propio objeto. Igual que llaga devorando cada centímetro de piel circundante. Quien tiene, quiere tener más, quien tiene más probó el veneno dulce y padece síndrome de abstinencia si no se procura más dosis.

Presidentes reelectos, magistrados venales, abogados de dios y del diablo, dirigentes del fútbol local y orbital, empresarios que sobornan, funcionarios que exigen sobornos, candidatos que siempre saben ganar sin ganar, contratistas que quintuplican valor de obras inconclusas, el elenco de los corruptos poderosos es enseñanza fértil que permea la sustancia nacional.

Conductores infractores que untan manos de policías, policías que insinúan arreglos para completar el desayuno de sus niños, contribuyentes que hurtan migajas gracias a contadores aceitados, taxistas que no devuelven maletines olvidados, ese escondido pillo que llevamos dentro: he aquí el aprendizaje aplicado de aquella enseñanza fértil.

La corrupción sobreenriqueció a los ricos, deshonró a los pobres, puso un policía donde antes bastaba la limpia mirada interior. Este país es otro, ruge pidiendo un lavado, se frunce de reconocerse malvado. Cuando el serpentario del fútbol internacional estalla de escándalo, muchos aquí reflexionan sobre los extremos del mal. Incluso el juego, el mayor aglutinante humano aparecido luego del colapso de las religiones, muestra la gusanera que sus dirigentes incubaron amparados en el entusiasmo universal.

Para que la corrupción deje de ser la medida de todos los hombres, se requiere apelar a instancias sin precio en el mercado. Por el estilo del cariño verdadero cuando de él se decía que ´ni se compra ni se vende´.

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