Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

De vulcanos y perdones

En muchas cosas somos criaturas extrañas; somos raros en lo serio, en lo festivo, en lo cotidiano y lo fortuito; nos acostumbramos a vestir de luto la alegría y de velorio los carnavales; damos pasos de cangrejos, de unicornios o tortugas, según lo que más convenga.

Somos tan raros que nos indigna más el precio de la democracia, que el costo de la dedocracia.

Somos raros, y pensamos que los combatientes se desmovilizaron para exiliarse en el séptimo círculo de Dante y no para hacer política desarmada.

Cada año cometemos unas rarezas casi criminales, que cobran vidas, cuerpos y sueños: llega diciembre, y en los hospitales niños tristes, niños rotos, esperan que algún médico milagroso les cure la huella de la estupidez adulta; son las víctimas de la compraventa clandestina de pólvora, y de una atávica rareza popular. (A propósito y por favor: denuncie; una llamada suya puede salvar una vida).

Cada fin de año quemamos muñecos de paja, con pantalones de lechero, cerebro de aserrín y brazos rellenos de totes y petardos. En serio, que algún psiquiatra me cuente si eso es normal.

Es como si algo nos incitara a ligar celebración con desventura, milagro con indiferencia. El pequeño Vulcano que llevamos dentro nos incita a crear incendios físicos y mentales; nos toma un minuto encenderlos, y no sé cuántas generaciones y cuántas tragedias, aprender a apagarlos.

Hace pocos días vi en un foro genial de Colombia 2020 una imagen que me oxigenó la esperanza y reavivó la urgencia de cumplir lo pactado: líderes desmovilizados de las Farc y de las Auc se dieron la mano y mutuamente pidieron y ofrecieron perdón y no volver nunca más a las armas.

Unos y otros cometieron delitos atroces; pero me correspondió verlos de pie en un escenario, y no en una trinchera disparándole al enemigo. Y ahí, frente a víctimas, periodistas, empresarios, jóvenes y veteranos de distintos lugares del mundo, ahí, frente a mí, lo que vi, oí y sentí fue el diálogo de dos seres humanos que buscan una segunda oportunidad sobre la Tierra, y saben que solo será posible si reconocen la verdad.

Aborrezco lo que hicieron en sus cinco décadas de guerra; pero a ellos, como personas en vías de reconstrucción, lo digo claramente: hoy no me nace odiarlos.

Me lloverán insultos; no importa. No sentí miedo ni rencor, les di la mano y crucé con ellos tres palabras; no fue mucho, pero fue todo; esa certeza de haber superado la animadversión me dio un paraguas de sorpresiva serenidad.

Mi generación nació a mediados del siglo pasado, y por primera vez no suenan fusiles. ¡Sería tan grave y tan torpe defraudar el futuro por no ser capaces de superar el pasado!

Señores quemalibros (otros que aman las hogueras), hacedores de trizas y demás defensores de una justicia tan ciega que no sea capaz de ver la realidad: es hora de reaprendernos. La paz ya nació; no tiene reversa, pero es frágil y todos sabemos que no tiene fácil el camino. Comprendan que pasar la página del odio no es claudicar; es demostrarnos que podemos ser mejores de lo que fuimos, y eso —a cualquier espíritu medianamente sano— no debería darle vergüenza, sino felicidad.

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