Por: Germán I. Andrade*

Debate radicalizado

Desafortunadamente el debate en torno al pretendido “ambientalismo radical”, cuando se ha basado en señalamientos y descalificaciones, y bienvenido cuando aparece sin adjetivos y con argumentos sustentados.

Hoy debemos avanzar en un debate vigente, y que debe ser renovado. Porque los columnistas, además de plantear puntos de vista personales, reflejan colectivos que en cualquier caso deben hablar.

En un debate sano y constructivo, sin embargo, algunos puntos no podrían faltar. El respeto por los voceros, en este caso del ambientalismo, no puede estar en duda cuando sus nombres y carreras han sido ampliamente legitimadas en la academia y la sociedad en general. Pero también es necesario distinguir entre la opinión basada en visiones e intereses, por supuesto legítimos, y aquella sustentada en hechos validados por la sociedad. Porque es común que las posturas que asumen los ambientalistas tengan soporte en hallazgos validados en las ciencias ambientales. Poco ayuda que quienes los acusan de radicales, no conozcan o desconozcan temas sobre los cuales ya hay suficiente consenso en la sociedad. No porque los ambientalistas tengan una verdad escrita en piedra, sino porque sus verdades parciales son indispensables en un debate serio.

Así, los contradictores podrían, o estancar el debate negando el cambio climático o el colapso de la biodiversidad, o mas bien podrían hacerlo avanzar y hacer explicitas sus posturas frente a las implicaciones de las hoy llamadas “verdades incómodas” que surgen del conocimiento.

Hay, por ejemplo, un consenso global en el sentido que las áreas de protección de la naturaleza son aún insuficientes, en especial en países como el nuestro, dotados de una gigantesca diversidad biológica. El debate calificado no sería una opinión acerca de si tenemos muchas o pocas áreas de protección, sino hasta qué punto el país podría adoptar una expansión de las mismas, sin considerar los costos que esto generaría en términos del crecimiento económico y bienestar de la sociedad.

Igual podríamos abordar una discusión acerca de los plazos para el licenciamiento ambiental, no solo desde la perspectiva de los intereses legítimos que entran en juego, sino con elementos del conocimiento de los efectos de la gestión ambiental diferenciada, sobre los valores ambientales, que no son de unos pocos preocupados ciudadanos sino de toda la sociedad. Ambas posturas podrían acercarse en torno a un consenso mínimo. Uno que, sin desconocer las señales urgentes que surgen desde las ciencias ambientales, e incluso en un escenario pesimista como el que se anuncia con el cambio ambiental global, buscan presentar a la sociedades opciones reales que compaginen los retos del desarrollo social. Justamente es Julio Carrizosa quien viene enseñando sobre el ambientalismo complejo, aquel que repudia verdades inamovibles y educa sobre la realidad de nuestros territorios, contribuyendo así a crear espacios de diálogo.

Urgente, pues, dignificar y cualificar el debate, que por demás, más que radical del lado de los ambientalistas,, resulta radicalizado por 12 años de adversidad y ambigüedad política. Con las cartas en la mesa, que comience pues de nuevo el juego; ojalá el del debate sobre el desarrollo sostenible.

 

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