Por: Armando Montenegro

Debates tributarios

Entre tantas cosas, debemos preguntarles a los candidatos cómo van a manejar las finanzas públicas en caso de que lleguen a la Presidencia.

El asunto es relevante por cuanto ellos deben estar enterados de que van a recibir una situación fiscal complicada: (i) los ingresos fiscales van a comenzar a caer en 2019, fenómeno que se acentuará en 2020, por mandato de la última reforma tributaria que ordena la reducción del impuesto de renta de las empresas del 40 % hoy al 33 %; (ii) sin contar con las promesas de campaña, el nuevo presidente encontrará una cantidad significativa de gastos represados (la inversión pública presupuestada para el año entrante, por ejemplo, llegará apenas al 1,5 % del PIB, el nivel más bajo en 11 años), y (iii) un cálculo realista indica que el déficit fiscal de 2020 superará el 4 % del PIB en ese año, una cifra incompatible con la estabilidad económica. Por estas razones, las agencias calificadoras y la banca internacional mantienen la expectativa sobre cómo se enfrentará esta situación a partir del comienzo del próximo mes de agosto.

A pesar de estas realidades, en la campaña poco se ha hablado hasta ahora sobre el manejo fiscal. Eso sí, como es entendible, se han hecho promesas de nuevos gastos y programas ambiciosos, y, también, varios candidatos han anunciado la reducción de ciertos tributos con el objeto de estimular la inversión privada y atraer el favor de los votantes.

Respondiendo al acertado diagnóstico de que los tributos a las empresas son excesivamente elevados en Colombia y que minan la competitividad del país, por lo menos cinco precandidatos han planteado una reducción, adicional a la prevista, del impuesto de renta de las empresas. Ante esos anuncios, muchos se preguntan cuál será el impacto de estas propuestas sobre un déficit fiscal que ya es elevado y que, sin medidas compensatorias, podría complicar no sólo el crédito del país, sino también el crecimiento y el empleo.

Ciertos economistas, sin embargo, piensan que la rebaja de los impuestos a las empresas se financiaría por sí sola, en forma automática, sin necesidad de recortar el gasto o subir otros impuestos: (i) dicen unos que las menores tasas de tributación generan mayores recaudos, ya que desestimulan la evasión y elevan el incentivo a pagar impuestos; (ii) otros señalan que la baja de impuestos hace que la economía crezca más y que, por lo tanto, aumenten los recaudos (sobra decir que este tipo de planteamientos está fuertemente cuestionado en foros académicos respetables).

En forma complementaria, se señala que no habría necesidad de disminuir gastos o incrementar otros impuestos si, al tiempo que se bajan agresivamente las cargas a las empresas, se fortalece la DIAN y se realiza una campaña para reducir la evasión. La experiencia muestra, sin embargo, que los indispensables planes para combatir la evasión producen usualmente resultados menos ambiciosos que los previstos y, en general, es difícil estimar con precisión los montos de los mayores recaudos y, sobre todo, las fechas en que se capturan los recursos originados en la menor evasión.

La necesaria discusión sobre el futuro del manejo fiscal, hoy todavía en sus fases preliminares, seguramente será refinada y enriquecida a lo largo de la campaña mediante los debates y la sana confrontación de las cifras y los distintos puntos de vista.

 

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