Por: Jorge Iván Cuervo R.

Debatir en tiempos de posverdad

La posverdad no es solo hacer pasar por verdad las mentiras manipulando los sentimientos de las personas, también se trata de un clima de polarización y radicalización que se lleva por delante la deliberación y los buenos argumentos.

Si se puede explicar el brexit, la elección de Trump y la derrota del Acuerdo con las Farc en el plebiscito —cada fenómeno con circunstancias diferentes— como un producto del ambiente posverdad, esto se debe también a la pobreza de la argumentación en cada caso y el triunfo final de las emociones negativas que no dejaron satisfechos ni a ganadores ni perdedores.

Dejemos a un lado el tema de Estados Unidos y Reino Unido, donde ya se advierte un creciente inconformismo y desconcierto con la decisión de elegir a un extremista de la palabra, por un lado, y de abandonar la Unión Europea por el otro, con un alto costo en términos económicos a cambio de dudosos beneficios, y quedémonos en Colombia.

La derrota del plebiscito fue transformada en un nuevo acuerdo en una sofisticada operación política que no acabamos de comprender, la cual puede ser derrotada en las urnas en el 2018, pero el lenguaje de polarización se ha acentuado y radicalizado, y cada vez es más difícil encontrar un espacio donde se pueda debatir y disentir sin la descalificación del contradictor que ya es visto como enemigo en una variante de la metáfora shcmittiana, y eso sí que pone en entredicho la consolidación del posconflicto y algún horizonte de reconciliación.

Si hay algo que llama la atención del debate en Colombia es la agresividad de los interlocutores, rápidamente se abandonan los buenos argumentos y la evidencia para pasar a la descalificación y a la negación del otro. Cada quien por su lado sin escuchar las posibles buenas razones del interlocutor, incluso para reafirmar las propias. Muchas veces uno termina el día completamente agobiado, no solo por lo dura que es la vida en el espacio público en Colombia, sino por todas las discusiones estériles en tono virulento que se tuvieron que dar en el día.

¡Mamerto!, ¡paraco!, ¡enmermelado!, ¡castrochavista! son los adjetivos predilectos cuando de discutir se trata, bien sea de la paz, sobre el futuro de Bogotá, sobre la crisis venezolana, generalmente atribuyendo gratuitamente alineaciones ideológicas para descalificar y estigmatizar.

Es justo y necesario que todos aquellos que de alguna manera contribuimos al debate público, con una columna, participación en programas de opinión, en clases, pero también en redes sociales y en discusiones en nuestros ámbitos cotidianos —trabajo, familia, amigos— le subamos el nivel al debate, mejorando la argumentación, presentando evidencia de lo que afirmamos, escuchando al otro, respetando sus argumentos, no descalificando ni satanizando a priori a quien no comparte nuestro punto de vista, reconocerle siempre dignidad al contradictor, dejar el odio.

En los debates en Hora 20 he compartido set con uribistas, santistas, petristas, peñalosistas, vargaslleristas y hasta con miembros de las Farc, en un debate durísimo y tensionante, aunque respetuoso, con todos ellos difícilmente podría estar de acuerdo, pero he ido aprendiendo a escucharlos, a respetarlos, a contradecirles sin descalificarlos, a quedarme en los argumentos y nunca pasar al plano personal en la discusión. En Twitter ha sido más difícil por la inmediatez de la opinión y la virulencia con que allí se debate, pero lo sigo intentado.

La verdadera paz será cuando podamos debatir nuestras diferencias sin acudir a la violencia física y verbal, tanto en el ágora como en la casa.

@cuervoji

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