Por: Ana María Cano Posada

Decentes y creíbles

DICE CARLOS GAVIRIA DÍAZ EN SU LIbro Mito o logos.

Hacia La República de Platón: “La pregunta es el signo mediante el cual el espíritu se anuncia. La perplejidad ante el mundo delata al sujeto consciente, portador de una necesidad insólita: reconocer su entorno, diferenciarse de él, asumir una actitud frente a su circunstancia, entender por qué está allí, por qué tienen lugar los hechos que percibe, qué es lo que ha de hacer frente a ellos, quién gobierna sus actos, a qué finalidad apuntan, cuál es su sentido. En una palabra, la urgencia espiritual originaria es una demanda de explicación”.

En su análisis sobre Honoré de Balzac, Nicanor Restrepo dice: “el deseo le confiere una dimensión especial a la vida y la transforma en la búsqueda de la realidad de un sueño que comienza con la percepción de una esperanza, siendo ésta una memoria que desea. También le otorga una función creadora al convertirlo en un pedagogo fulminante bajo cuyos dictados se descubre y aprende todo a la vez”. Afirma: “Pertenezco a ese partido de oposición que es la vida”, según Balzac.

El país en el que vivieron ambos, al que dedicaron la energía de su creación y entendimiento, es el mismo al que el engaño y la trampa cercan y desmoralizan. Pero son antagonistas de esta realidad descompuesta que reduce y escatima las posibilidades de libertad y de cambio.

Necesarios, imprescindibles, únicos, raros en su especie. Crecieron en una generación vigorosa que tuvo complejas disyuntivas políticas, pero las encararon con claridad dado el dominio de la palabra del que gozaron. Usaron el discernimiento y optaron por ampliar la discusión, reconocieron la diferencia y desestimularon el fanatismo y la barbarie en Colombia, país impotente con la palabra y alzado en armas. Tomaron distancia de los que usaron vías de hecho para oponerse. Sin discursos vacíos, vivieron y aplicaron las ideas que expusieron con brillo en escenarios académicos, privados o públicos, en los que fueron acatados por verídicos. Fueron los más creíbles entre creíbles.

En medio de la sinrazón, del descuaderne de esta dirigencia anclada en el lucro y el poder, los dos mantuvieron la corrección del pensar y el obrar con coherencia en cada acto privado o público, lo que los hizo livianos, limpios y sin el peso ni las penas que los antihéroes colombianos arrastran. Y también criaron a sus hijos en esta manera simple de buscar la felicidad obrando según se piensa.

El humor los emparenta; el respeto por lo humano en toda manifestación; el amor por el conocimiento; la convicción de construir entendimiento a través de las palabras; el trabajo constante y devoto por el diálogo como salida al conflicto de décadas.

Coincidencia en la vida y en la muerte de dos lúcidos que dedicaron su inteligencia a trabajar por los demás, a mejorar el desahucio que cada día se nos planta enfrente como desaliento y al que la energía potente de sus vidas no cedió nunca, ni a la mediocridad ni a la resignación.

Inspiradores los dos. Cada uno a su manera y en su materia. Carecieron de la ambición personal que reviste a los políticos de vanidad, pero aun sin ella aceptaron ser parte del servicio público de manera pulcra. Servirán de ejemplo para quien consulte sus realizaciones originales, sólidas, fértiles.

Constituyen ambos, para quienes los conocimos, un conjuro a la esterilidad y al desarreglo con el que muchos indignos acosan ahora a lo público. Y para Colombia son muestra de la decencia y la credibilidad que están en vías de extinción.

Celebro la vida de Nicanor Restrepo y la de Carlos Gaviria, agradecida.

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