Ariel Ahumada, el del coscorrón de Vargas Lleras, se lanza al Concejo de Bogotá

hace 1 hora
Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Decretar el enemigo

Nos hemos acostumbrado a los combates a muerte. Las amenazas extremas han marcado buena parte de los desafíos nacionales en las últimas décadas. Los enemigos letales e indiscutibles, identificados bajo una sigla o un nombre propio, nos han entregado tragedias y debilidades, al tiempo que nos han ahorrado la necesidad de un rumbo propio y ocultado la complejidad de otros desafíos al Estado. Esos enemigos han servido también para unir a una sociedad hecha de hostilidades y distracciones. Las Farc, los carteles de Medellín y el Valle, los paramilitares, con sus diferentes cruces, nos definieron por antagonismo y pervirtieron muchas veces eso que llamamos de manera pomposa la institucionalidad. A los dirigentes les bastaba entonces una declaración implacable frente a esos enemigos, la valentía o los alardes eran virtud suficiente. Todos los presidentes probaron la guerra y la negociación, todos aprovecharon ese manto de autoridad que les entregaba ser el antagonista de la maldad probada.

La dispersión de los nuevos enemigos, sus siglas menos dicientes y sus nombres más insignificantes han dejado una especie de orfandad en la lucha, la imagen triste del pugilista que suelta los puños al aire, pelea contra una sombra, busca un rival inexistente. Durante la pasada campaña presidencial el actual mandatario y su partido lo encontraron pasando la frontera: el contrincante fue un peso pasado en desastres y desatinos, un saco atado con una banda tricolor. Suficiente para garantizar la victoria. Un adversario torpe es ahora uno de los mayores activos del Gobierno colombiano.

Luego de ostentar la victoria el Gobierno empezó demasiado blando, más dedicado a las exhibiciones que a los combates, más cercano a la escopetarra que a la mano firme, incapaz de mostrar un rumbo. Pero rápidamente se dio a la construcción de un enemigo que encarnara una amenaza suficiente y creíble, que sirviera de tiro al blanco frente a la opinión pública. Se intentó con el microtráfico y la hazaña de Duque frente a diez jíbaros en el barrio Antioquia, en Medellín. Dos meses antes el alcalde Federico Gutiérrez había hecho un ensayo general y se usó la misma escenografía. También la coca se señaló como rival a vencer y se eligió el veneno como arma para la victoria. Todo esto en un intento por desconocer los retos mayores frente a más de 100.000 familias que sufren la indolencia estatal y la tiranía mafiosa.

Pero el primer triunfo llegó con la muerte de Guacho, era el momento de un cadáver y una equis sobre el cartel de los más buscados. En la exhibición del triunfo hubo espacio para el chiste fácil. Se intentó convertir a un bandido menor, un fusible de fácil reemplazo, en un jefe caído que da respiro a toda una región. Luego algunos congresistas cercanos al Gobierno propusieron plomo sin pausa contra la delincuencia en las ciudades. La idea es decretar el miedo e intentar que los ciudadanos sirvan de “agentes oficiosos” con un arma al cinto. Y la treta más reciente fue la información de un supuesto plan para atentar contra el presidente Iván Duque. Hay un enemigo agazapado, un conjurado más allá de la frontera, de modo que Maduro y Duque se acusarán cada semana de planes homicidas para ver si el público desencantado se entusiasma un poco.

 

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