Por: Nicolás Uribe Rueda

Defendamos la paz

Solo era cuestión de tiempo para que este grupúsculo de rufianes volviera al monte. Se trata del mismo sector que desde el primer día quiso dilatar, entorpecer y torpedear una negociación que habría podido ser razonable, que habría podido arrojar un acuerdo posible de implementar y permitido una negociación acorde con las tácitas líneas rojas inscritas en la mente y los corazones de los colombianos.

Se ignoró en La Habana esta realidad, y a la postre y con afán se suscribió un acuerdo con cláusulas pétreas y cargas exorbitantes para la democracia colombiana y para un amplio sector de la opinión. La facción radical de la guerrilla, la misma que está nuevamente en armas, estiró hasta donde pudo el acuerdo en favor suyo y, ciertamente, logró casi todo cuanto quiso, amenazando con el abandono del proceso. A pesar de sus abusos y perversiones, encontraron terreno fértil a sus presiones en un grupo de negociadores del Gobierno dispuestos a firmar cualquier cosa con tal de que el anhelado acuerdo no se les fuera de las manos. Eran tan poderosas sus amenazas y tan sumisos sus interlocutores, que pocas veces encontraron negativas.

Jugaban duro en Cuba porque precisamente solo jugaban: con el país, con el Gobierno y con la generosidad del pueblo colombiano.

No se equivocaban. Habiendo conseguido aquello que querían en la negociación, el resto lo obtendrían luego por añadidura mientras posaban como adalides de la paz, la moral y la reconciliación.

Y así como sabían desde el principio que nunca cumplirían el acuerdo, también tenían certeza de que nadie diferente a “los enemigos de la paz” se atrevería a reclamárselos. Y así fue. Ninguna autoridad dijo nada cuando multiplicaron por cinco la coca, cuando no devolvieron a los niños reclutados, cuando olvidaron delatar a sus socios en el negocio de la droga, cuando tomaron del pelo a la justicia, cuando omitieron la verdad y la reparación o cuando se quedaron con los bienes en manos de sus testaferros. Ellos ya sabían que había un sector de la opinión y de la institucionalidad dispuesto a tolerarlo todo en nombre de la defensa de la paz.

Abusaron del derecho y de sus garantías y ni siquiera tuvieron que esconder sus arbitrariedades ni sus verdaderas intenciones. Encontraron siempre voceros de oficio que desde lo jurídico y lo político los justificaron y defendieron. Incluso, cuando ya era evidente que este sector de las Farc ahora combinaba el narcotráfico, el homicidio y el ejercicio de la política, encontraron la forma para ocupar una curul en el Congreso y desde esa investidura, que aún ostentan, lanzar al mundo una nueva banda terrorista.

Defender la paz no es otra cosa que exigir el cumplimiento inexorable de la ley y sus efectos. Lo otro, la tolerancia frente a los abusos, es, además de una estrategia electorera, el camino pavimentado a una nueva etapa de violencia.

Aquí solo hay una opción y esta es implementar la paz en un marco de legalidad.

@NicolasUribe

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2019-09-08T00:00:00-05:00

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2019-09-08T00:55:45-05:00

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