Por: Yolanda Ruiz

Defendiendo la palabra

¿Será que el cariño por el idioma y su cuidado se quedó en asunto de viejos, escritores y unos pocos lectores consumados? Una noticia que llegó desde España hace un par de días me puso a pensar en eso y debo decir que me asustó también: aunque se presentaron 200.000 personas para llenar poco más de 20.000 plazas de maestros, quedaron vacantes casi 2.000 porque los aspirantes no llenaban los requisitos en materia de ortografía y gramática. Los errores cometidos no les permitieron pasar el examen. ¡Y estaban aspirando a ser maestros! Me pregunto cuáles serían los resultados si el ejercicio lo hacemos en Colombia.

Habría que debatir sobre la calidad de educación que reciben los jóvenes, pero me quiero detener en algo más sencillo: la defensa del idioma. Tengo una sensación de vejez cuando escribo sobre esto porque la ortografía parece ser tema pasado de moda, un asunto de nostalgia guardado en un rincón con los discos de vinilo, los teléfonos de disco o las máquinas de escribir. Nuestro pobre idioma está cada vez más golpeado, maltrecho y recortado. No se trata solamente de la ya frecuente queja frente a los afanes digitales que nos invitan a apurar el trino o el mensaje en el chat con un xq en vez de un porque, es también el cuidado que se va perdiendo en medios de comunicación y editoriales, en donde era inconcebible encontrar errores hace apenas unos años. En los últimos tiempos he leído libros buenos, otros regulares, pero con un denominador común: dos, tres, cinco o más errores graves que hubieran desaparecido ante la mirada de un buen corrector.

Los periodistas no podemos tampoco argumentar mucho en defensa de los medios porque las páginas de internet, manejadas por talentosos nativos digitales que se mueven como peces en el agua entre algoritmos y titulares llamativos, pecan también y no pocas veces, con errores gramaticales, ortográficos o conceptuales. Sorprende la capacidad creativa de quienes tuercen el idioma para obligarlo a decir lo que nunca pasaría el examen de un diccionario.

No sé si el oficio de corrector desapareció, pero no existe en el universo de quienes venimos de la radio y como la palabra oral tiene su propio ritmo y es más casual y menos rigurosa que la escrita, nos ha costado trabajo la transición a lo que se queda en la red. El problema es generalizado porque muchos líderes políticos o comentaristas reconocidos pecan y no rezan para empatar en materia de redacción y ortografía. A todos se nos va de vez en cuando algún error de tipeo o se nos escapa una tilde, pero aceptar el problema y corregir no es perder, es aprender y enseñar, pero eso poco se usa.

El idioma está vivo y debe evolucionar, caminar con las épocas, incorporar palabras que nombran nuevas realidades. Todos los cambios generacionales pasan por rupturas en el idioma y de eso se trata porque los que llegan deben pisar fuerte y marcar territorio, cambiar, alterar el orden establecido para evolucionar. No podemos hablar hoy como lo hacía Cervantes, pero hay unos mínimos de cuidado para evitar que se nos vaya muriendo del todo la herramienta valiosa que tenemos no solo para comunicarnos, sino para crear realidades y para construir identidad. La palabra va más allá de su sentido práctico, crea universos y algunos dicen que nos define como especie porque es parte de lo que nos hace humanos.

Si los que van a enseñar tienen problemas con la redacción, si hemos venido perdiendo la oralidad porque hoy hablamos menos y chateamos más, es urgente levantar la bandera de la defensa del idioma escrito así lo hagamos con timidez quienes nos sentimos a veces en el siglo equivocado cuando hablamos de estos temas. Si no defendemos el idioma podemos convertirnos en seres sin palabras que solo nos entendemos con emojis :-(

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Yolanda Ruiz

Entre el pesimismo y la perplejidad

Me gustan los estudiantes

De eso no se habla

Brecha salarial