Por: Sorayda Peguero

Déjame que te cuente

La cajera del supermercado me saluda con una sonrisa. “¿Cubana? ¿De dónde?”, me dice. “Soy dominicana”, respondo. Entonces la mujer —de La Habana Vieja, de unos 35 años y pelo trenzado— me cuenta que sus buenos amigos dominicanos le hablaron del “problema” que tenemos con nuestros vecinos haitianos. Esa gente “malísima”. Bárbaros que comen niños en ceremonias de vudú y que murmuran palabras en lenguas extrañas mientras escupen los huesos.

La primera vez que fui consciente de “el problema” tenía ocho años. Cursaba el tercero de primaria. Cada viernes por la tarde, siempre a última hora, la profesora Magdaliza nos animaba a compartir nuestros talentos. Los más atrevidos cantaban canciones y declamaban poesías en un escenario improvisado. Marta me dijo que iba a interpretar una canción que su tía cantaba con los ojos llorosos. Cuando llegó su turno, un niño la anunció como “la gran estrella de Haití”. Después hubo un estallido de risas. Marta se quedó quieta en su butaca. No cantó. Estuvo llorando hasta que sonó el timbre de salida. La piel de Marta era negroazulada. Sus ojos, también negros, grandes como dos lunas completas. Sus dientes, tan blancos y perfectos, que recordaban las dentaduras postizas de los ancianos. Marta no era haitiana. Y no quería serlo. Ningún niño de la escuela quería. En el patio nos desafiábamos unos a otros a pronunciar la palabra “perejil”. Era un juego recién descubierto, con una historia macabra que no nos habían contado.

En 1937, Rafael Leónidas Trujillo —dictador que gobernó la República Dominicana durante 31 años— dijo que resolvería “el problema”. Ordenó que los haitianos que vivían en el país, muchos de ellos jornaleros que trabajaban la tierra, fueran exterminados. Como afrodescendientes de las Antillas y, por mucho que a algunos les pese, los haitianos y los dominicanos negros somos parecidos. La dictadura tuvo que crear un método para evitar confusiones. La palabra “perejil” pasó a ser un salvoconducto y una sentencia de muerte. En la lengua criolla de los haitianos, la pronunciación de la “R” ligera suena diferente. Una “R” arrastrada era una condena. No se ha podido precisar cuántos haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana murieron en la masacre. Dos años después, entre 1939 y 1940, Trujillo colaboró con la política de limpieza racial de su colega Adolf Hitler: le abrió las puertas de la isla a más 70.000 refugiados judíos. El doctor David G. Marwell, investigador de crímenes de guerra nazis, dijo en 2008: “Hitler sentía que nosotros éramos inferiores, pero Trujillo quería blanquear su país”.

—¿Sus amigos le dijeron que los haitianos comen niños?— le pregunté a la cajera. Al tiempo que guardaba mis compras en un capazo de mimbre, sentía el rebote de mis propias palabras, como un zancudo rondándome el oído. ¿De verdad estaba preguntando eso? Quise citar a la escritora haitiana Edwidge Danticat: “Hábleme de cosas que el mundo aún tiene que entender de veras, el significado instantáneo de cada trino de pájaro, del pensamiento secreto de un niño en el vientre de la madre, de la medida cadencia de los alientos, de los verdaderos colores del interior de la luna, de los grandes milagros de las cosas pequeñas, de misterios profundos”.

Mejor hábleme de esas cosas, quise decirle, de los ritmos que nos convocan, de las comidas que nos gustan, de tantos lazos subterráneos que unos unen. Hábleme de cosas que usted y yo, que venimos de lugares distintos y que nos encontramos hoy aquí, podemos reconocer como parte luminosa de nuestra humanidad. Pero en lugar de eso le hablé de mis dos sobrinos adolescentes. —Cuando eran pequeños—, le dije, —una mujer haitiana cuidó de ellos mientras sus padres trabajaban. Mis sobrinos conservan todas sus extremidades. Y el recuerdo que guardan de su cuidadora es hermoso. Cuénteselo a sus amigos.

sorayda.peguero@gmail.com

 

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