Dejar atrás la agenda de Uribe y abrazar la del nuevo país

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Durante más de medio siglo la dirigencia política de Colombia prefirió afrontar una guerra de guerrillas de baja intensidad, propia de la Guerra Fría que se libró en Latinoamérica desde la Revolución Cubana, porque ese conflicto armado les permitió disfrutar de una zona de confort, protegida por los militares, en la que pudieron preservar una estructura económica rentística y contener las presiones de cambios sociales tan elementales como la reforma agraria, con el espectro de la infiltración guerrillera como fantasma que justificó todas las formas de represión, legales e ilegales, que culminaron en el paramilitarismo.

La degradación de esa guerra domesticada, que produjo el desastre humanitario de ocho millones de víctimas, llevó a los sectores más modernos de la dirigencia política a plantear el camino de la paz con una apertura hacia la justicia social, empezando con la reforma rural integral para pagar una deuda histórica e incorporar la periferia olvidada, hoy en manos de bandas criminales.

Se logró llegar al Acuerdo de Paz, pero se perdió la batalla política de unificar al país en un gran consenso para crear las condiciones básicas para hacerlo realidad, y el día de la derrota fue el triunfo del No en el plebiscito aprobatorio de la paz. La gran equivocación política de las Farc fue mezclar una negociación reservada entre las partes, como se había acordado en la fase secreta, con una campaña electoral para publicitar su ideología y sus propuestas de redención del pueblo, totalmente desenfocada de la realidad, con la que saturaron la opinión y le sirvieron en bandeja de plata el terreno de juego al más formidable manipulador de la realidad, Álvaro Uribe Vélez, que se topó con la herramienta poderosa de las redes sociales para defender al país del fantasma monstruoso de las Farc en el poder. Fue pelea de tigre con burro amarrado, y el tigre logró convencer a la mitad del país de que el burro venía a quitarles la propiedad, a destruir a las familias y acabar con la democracia y la economía, como sucedió en Venezuela.

Con ese enorme capital político del triunfo del No, resultó fácil a Uribe llevar a Iván Duque al poder, como su instrumento para frenar el cumplimiento del Acuerdo, empezando por la reforma rural, y renovar el conflicto con Venezuela, al son de las bravuconadas de Donald Trump, mientras el país paga el costo de recibir la migración, acelerada por el embargo y aislamiento económico del régimen de Maduro.

Esa, sin embargo, no es la verdadera agenda del país. La verdadera agenda comienza a desplegarse desde el desarme del espectro de las Farc, que trajo una apertura política que permitió el triunfo de gobernadores y alcaldes alternativos en las elecciones regionales, que llegaron al poder por el cansancio con la corrupción de la clase política tradicional y emergente, continúa con el paro estudiantil y la protesta generalizada de los jóvenes, y se ampliará el año entrante con los paros campesinos, las mingas indígenas y los paros territoriales, para formar un concierto de voces que planteen los verdaderos problemas de cuya solución depende su vida actual y su futuro.

El presidente Duque tiene la oportunidad de liberarse de la agenda de odio y venganza de Uribe, que derrumbó su aceptación pública, y de liderar al país en las reformas reclamadas en la movilización nacional, para reconciliar al país, recuperar el territorio de grupos criminales y comenzar a cerrar la brecha de oportunidades que amenaza el futuro de la nueva generación, que perdió el miedo y no dejará de expresar su indignación hasta que el presidente escuche y entienda.

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