Por: Columna del lector

Dejar vivir a Chico

Por Daniel P.C.

En Alemania, una campaña pública ha reunido cerca de 250.000 firmas de apoyo para lograr que se indulte la vida de Chico, un perro (cruza entre bull-terrier y staffordshire) que mató a las dos personas con las que vivía. A Lezime K, de 52 años, que se encontraba en una silla de ruedas debido a que su exesposo la había atacado años atrás, y a Liridon, su hijo de 27 años, quien tenía dificultades de aprendizaje. Frente a un escenario tan escabroso, para muchas personas resulta difícil comprender por qué indultar la vida de un animal no humano capaz de semejante acto. Y aunque matarlo, “sacrificarlo”, parecía la acción más obvia a seguir —algo que de hecho estaban a punto de efectuar las instituciones alemanas si no fuera por la presión que puso la petición—, creo que este indulto tiene mucho qué enseñarnos sobre la justicia, los círculos de violencia y cómo romperlos.

Lezime K y Liridon vivieron con Chico por un propósito. Después de que su esposo fue encarcelado, ella buscó en él un guardián.

El Daily Mail afirma que en 2011, el reporte de la trabajadora social que los visitó concluyó que era necesario llevar al perro con un entrenador, debido que la familia era incapaz de lidiar con su “comportamiento agresivo permanente”. La trabajadora aseguró estar “convencida de que el perro había sido entrenado para ser una máquina de pelea”. A esto se suman los reportes de la veterinaria, quien lo había examinado seis años atrás, y de los vecinos, quienes afirmaron que el perro pasaba casi todo el día encerrado en una jaula y era sometido a maltratos constantes.

De manera que las pruebas le dieron la razón al llamado de la petición: “¿Es una tragedia la muerte de dos personas en Hannover? ¡Sí! ¿Es el perro el culpable? ¡No! Porque el problema de los ataques de perros siempre hay que buscarlo en el otro extremo de la correa”, esto es, del lado de quienes lo maltrataron por varios años sin descanso y de las instituciones que no alejaron a Chico de un hogar abusivo cuando tuvieron la obligación de hacerlo.

Una perspectiva miope juzgaría la consigna de dejar que Chico viva como una justificación de los asesinatos. Como si la justicia se redujera a una cuestión de suma cero. Pero eso no es justicia, es venganza. Lo que hay que combatir, para hablar de justicia, son las condiciones que hicieron posible esta tragedia. Esto es, el círculo de violencia que las envolvió a todas: la de género, que el exesposo de Lezime arrojó sobre ella y, por lo tanto, sobre Liridon, quien a su vez vivió en condiciones de exclusión social por su diversidad cognitiva; la de especie, que las llevó a ellas, a su vez, a proyectar el miedo y el maltrato sobre Chico, y la del abandono de un Estado anquilosado e indolente que no actuó con suficiencia cuando fue necesario.

En definitiva, indultar a Chico da una lección que está mucho más allá de cómo cuidar a una “mascota” o de cómo educar a una “raza peligrosa”. No hace falta distinguir una vida humana de una no humana para comprender que la violencia no es un acto irracional incomprensible sin más, sino el producto de unas condiciones injustas que tienen una historia y que, como tales, pueden y tienen que ser enfrentadas y transformadas.

@DanielDanielPC

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columna del lector

Una muerte sí tiene que ser noticia

La universidad como experimento social

Pan y Circo, ¿casos de éxito europeo?

Dos hombres, un ideal y un fatídico desenlace