Por: Paul Krugman

Dejen que coman toallas de papel

La situación en Iowa sigue siendo escalofriante. Más de la tercera parte de la población se quedó sin agua potable durante tres semanas y las enfermedades que se transmiten por este medio comenzaron a diseminarse. Solo una sexta parte de la población tiene energía eléctrica. El sistema de servicios de salud es un desastre y por sí misma el hambre podría ser un problema en algunas áreas remotas.

Por fortuna, todas las instancias del gobierno federal están auxiliando a los ciudadanos en desgracia. El presidente ha hecho que la ayuda ante el desastre sea la principal prioridad, mientras que alaba los constantes esfuerzos heroicos de los residentes de Iowa para ayudarse a sí mismos. Además promete que la ayuda generosa continuará en tanto sea necesaria.

Sí, lo acepto, mentí. La grave situación que acabo de describir sucede en Puerto Rico, no en Iowa (que, por cierto, tiene casi la misma cantidad de ciudadanos estadounidenses). Y mi descripción optimista de la respuesta federal —que es como las cosas deberían haber ocurrido si esa pesadilla en efecto hubiese tenido lugar en Iowa— es lo opuesto a la verdad. Lo que realmente estamos viendo, de hecho, es la traición y el abandono de 3,5 millones de conciudadanos.

Es difícil hacer una evaluación precisa de la respuesta inicial a la emergencia del huracán María, si bien hay varios indicadores de que fue deplorablemente equivocada, y estuvo muy lejos de ser la respuesta que se da a los desastres naturales que ocurren en otras partes de Estados Unidos. No obstante, lo que sí está claro es que la recuperación ha sido dolorosamente lenta, y que para muchos residentes las condiciones de vida realmente están empeorando a medida que se sienten los efectos acumulados de la escasez de energía eléctrica, agua y comida.

Así mismo, el gobierno de Trump parece ver cada vez más esta tragedia como una cuestión de relaciones públicas, o algo a lo que hay que darle la vuelta —en parte culpando a las víctimas— en lugar de como un problema que requiere una solución urgente.

Desde el comienzo, el presidente Donald Trump —quien literalmente piensa que merece elogios por arrojar unos cuantos rollos de servitoallas a una multitud— ha sugerido que Puerto Rico es responsable de su propio desastre, y una y otra vez ha denigrado los esfuerzos de su gente de cuidarse entre sí.

A principios de esta semana, por ejemplo, tuiteó un video que mostraba una imagen optimista de los esfuerzos de recuperación muy contrastante con la mayoría de los reportajes independientes, y que mostraba a considerablemente muy pocos puertorriqueños. Como The Washington Post menciona, hay una edición bastante reveladora: un segmento mostraba a los trabajadores del Servicio Forestal limpiando un camino, pero se cortaba justo antes de que el oficial al que estaban entrevistando alabara los esfuerzos locales: “Los ciudadanos de Puerto Rico estaban haciendo un trabajo excepcional al salir y limpiar caminos para ayudar a que llegue a la ayuda que se necesita”.

Parece ser que el hecho de que los puertorriqueños se conduzcan bien no encaja con el argumento oficial.

Mientras tanto, a Trump le tomó casi tres semanas solicitar al Congreso que proporcionara ayuda financiera, y la solicitud fue por préstamos, no subvenciones, lo cual resulta descabellado si se tiene en cuenta que el territorio está en quiebra.

Luego vino la mañana del jueves, cuando Trump una vez más culpó a Puerto Rico por ser causante de su propio desastre y pareció amenazar con eliminar la ayuda de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias y el ejército.

Solo para que quede claro: Puerto Rico ya se encontraba en dificultades financieras y económicas graves incluso antes del huracán, y en parte se debía a malos manejos. Sin embargo, también se debía a cambios en la economía mundial —por ejemplo, la creciente competencia de las naciones latinoamericanas— reforzada por políticas impuestas por Washington, como el fin de una exención tributaria clave y la aplicación de la Ley Jones, que obliga a Puerto Rico a depender de embarques estadounidenses caros.

Puerto Rico está lejos de ser la única región estadounidense que padece dificultades derivadas del cambio económico mundial, y dichas regiones por lo general pueden contar con apoyo federal para ayudar a paliar las dificultades. ¿Cómo creen que se vería Virginia Occidental si Medicare y Medicaid no hubieran dado cobertura a un 44 % de la población? Además de los miles que enfrentan la ruina financiera o la muerte prematura, ¿qué ocurriría con el empleo en el ramo de la asistencia social y médica, que emplea al 16 % de la fuerza laboral del Estado, lo cual es mucho más que la minería de carbón?

De cualquier modo, todo esto debiera ser irrelevante, por el solo hecho de que millones de conciudadanos enfrentan una catástrofe. ¿Cómo podemos abandonarlos en estos momentos de necesidad?

No hay duda de que, en buena medida, la respuesta es la recurrente palabra de cuatro letras: raza. Sin duda, los puertorriqueños recibirían un mejor trato si todos fueran de ascendencia escandinava, por poner un ejemplo.

Pero hay que ser justos: mientras leen esto Trump también está trabajando para destruir los servicios de salud de miles de otros estadounidenses, la mayoría de los cuales son blancos, no son de ascendencia hispana y pertenecen a la clase trabajadora, justo esos que con tanto entusiasmo votaron por él. Tampoco me aventuraría a decir que es un monstruo de oportunidades igualitarias; claramente tiene una animadversión especial en contra de las minorías, pero su egocentrismo y absoluta falta de empatía casi no tienen límites.

Independientemente de la mezcla exacta de motivos, lo que está ocurriendo en Puerto Rico es absolutamente vergonzoso. Además, cualquiera que permita que el régimen perpetúe esta vergüenza no está libre de culpa.

The New York Times 2017.

 

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