Por: Patricia Lara Salive

‘Del amor y otros demonios’

CUANDO LA COSTARRICENSE HILDA María Hidalgo acudía, hace seis años, a la Escuela Internacional de Cine y TV de La Habana, y tomaba un taller sobre cómo contar un cuento, dictado por Gabriel García Márquez, nunca imaginó que su primer largometraje, con guión y dirección suya, estaría basado en Del amor y otros demonios, según Hidalgo la más cinematográfica de las novelas del Nobel.

— Le confieso que esa ha sido la única novela que he escrito usando la técnica cinematográfica —le dijo Gabo cuando ella le hizo ese comentario y le añadió que le extrañaba que aún no hubiera sido llevada al cine.

— ¿Y no le gustaría hacerla? —le preguntó él.

— ¡Pues claro! —exclamó Hilda.

— ¡Entonces hágala! —le dijo, y le aconsejó que la realizara como se hace una obra de arte, sin perder la libertad creativa.

Desde ese instante, Hidalgo buscó aliados para su proyecto y, un año después, en 2005, con su segunda versión del guión, sedujo a la reconocida productora mexicana Laura Imperiale, quien con Clara María Ochoa y Ana Piñeres, fundadoras de CMO Producciones, una de las más sólidas empresas colombianas de cinematografía, produjeron la película.

Tal vez lo más dispendioso fue encontrar a la protagonista del personaje de Sierva María, una niña de doce años a quien, durante la Inquisición, en Cartagena de Indias, la mordió un perro con mal de rabia, enfermedad que el obispo definió como posesión demoníaca, por lo cual le ordenó a Cayetano, su pupilo de 36 años, que la exorcizara. Entonces se enamoraron locamente.

La encargada del casting fue la realizadora Sylvia Amaya. Ella ubicó a 700 posibles protagonistas. Sin embargo, desde el principio, la que le gustó a Hilda fue una niña de once años que correteaba por casa de Sylvia. Era Eliza Triana Amaya, hija suya y del reconocido director de teatro y cine Jorge Alí Triana, quien jamás había hecho una película, pero llevaba sangre de cine por las venas.

— ¿Eliza? ¡Ni lo sueñe! —le dijo Sylvia a la directora.

Al final, se impuso la obsesión de Hilda por volver protagonista a la pequeña Eliza, quien a los trece años, en su primera película, realizó una actuación magistral que la lanzará lejos en el mundo del cine.

Del Amor y otros demonios se exhibe a partir de hoy. Es una linda película, hecha con fotografía y delicadeza extraordinarias, que bien vale la pena ver en estos días de Semana Santa durante los cuales, por fortuna, descansaremos del trabajo y la política.

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¡Qué peligro! Hace poco, al aterrizar en El Dorado, el avión de Avianca tocó tierra bruscamente y, de inmediato, se elevó de nuevo. Mientras los pasajeros, atemorizados, esperábamos una explicación que no llegó, sobrevolamos Bogotá durante unos cinco minutos, hasta aterrizar sin problema. Una cabinera me dijo que no sabía lo que había ocurrido. Pero suponía que habría un avión o algún otro obstáculo en la pista. Luego, un viajero frecuente me contó que, últimamente, eso le había pasado un par de veces. ¡Es que la mezcla de aeropuerto en obra y denso tráfico aéreo en Bogotá es tan peligrosa, que aterrizar o decolar aquí requiere una sincronización de segundos, más prender todas las velas para no morir en el intento! ¿Hasta cuándo?

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Nota: Debido a que tomaré en el exterior un sabático de seis meses, a partir de hoy esta columna aparecerá quincenalmente. Mil gracias a esta querida casa de El Espectador por su apoyo y comprensión.

 

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