Por: Armando Montenegro

Del anonimato al desprestigio

EL PAÍS CUENTA CON ESTUPENDOS futbolistas, verdaderas estrellas en sus equipos del exterior —Falcao y Guarín en Portugal, Teófilo Gutiérrez en Argentina—, que no hacen nada en la selección Colombia: los delanteros no meten goles y por entre las piernas de nuestros defensas, murallas en el calcio, la bola se cuela con facilidad.

No convencen las dos explicaciones corrientes a este hecho. La primera dice que, a diferencia de lo que pasa en la selección, en los equipos del exterior nuestros jugadores se conocen y se entienden bien con sus compañeros. La segunda, expuesta por ‘Bolillo’, es que “la camiseta pesa quince kilos”, es decir, que la responsabilidad paraliza a nuestros futbolistas. Por una parte, los grandes jugadores de otros países, estrellas en distintas partes del mundo, juegan bien, muy bien, en sus respectivas selecciones (aunque, eso sí, por la falta de continuidad, los grandes clubes son mejores equipos que algunas selecciones). Por otro lado, el temor o el miedo escénico de un jugador experimentado son mínimos.  Tiene que haber otra explicación.

Los deportistas colombianos no sobresalen en actividades que requieren trabajo en equipo: básquet, fútbol o nado sincronizado. Y, entre los artistas, los coros, las orquestas sinfónicas o los grupos de ballet del país no son renombrados en el exterior.

En Colombia, como en otras partes, sólo algunos individuos ganan distinciones internacionales: una recia luchadora, una pesista fortísima, un puñado de ciclistas de montaña, un antipático piloto de carros, un tímido tirador al blanco, unos cuantos boxeadores. El hecho se extiende a los aislados logros en el arte y la ciencia: Botero, García Márquez, Llinás y unos pocos genios.

Sólo consiguen el triunfo los colombianos que se matan en solitario (escritores, pintores, ciclistas trepadores, luchadores y boxeadores). Quienes han analizado este mismo asunto en otros países, como Juan Vilorio y Jorge Castañeda en México, plantean que sus raíces son el exceso de individualismo y la consecuente incapacidad de trabajar en equipo. Esta sí puede ser la clave de nuestra frustrante negación para el fútbol.

Cuando los jugadores colombianos, en sus equipos del exterior, con buenos entrenadores, siguen un esquema de juego colectivo, logran grandes resultados. Pero cuando, de regreso a casa, se unen en la selección, con los mismos directores técnicos de siempre, los mismos que refuerzan su individualismo, vuelven sus querencias y vicios primigenios; desarticulados y solitarios, fracasan estruendosamente.

Salvo por el equipo del Pibe y su corte de hace 20 años, Colombia nunca ha tenido un buen equipo de fútbol. Más allá del mito y del orgullo inmarcesible por el 5-0 a Argentina, la realidad es que el grupo de Maturana no llegó lejos: nunca  alcanzó los cuartos de final o la semifinal de algún mundial.  Aunque algunos apologistas insisten con nostalgia en que los carteles del narcotráfico fueron clave para el florecimiento de esa “época dorada”, es posible también que, por medio de las apuestas, los sobornos, los cheques selectivos  y las amenazas creíbles (¿recuerdan a Andrés Escobar?), la mafia haya terminado por reforzar los rasgos destructivos del temor y el individualismo de nuestro fútbol.

Todo esto para plantear que es probable, una vez más, que Colombia haga el oso en la Copa América. ¡Ojalá me equivoque!

 

 

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