Por: Piedad Bonnett

Del caucho a la coca

Como Héctor Abad, pienso que el abrazo de la serpiente, la última película de Ciro Guerra, es excelente. Y, también como él, que el mito del buen salvaje que reproduce tiene mucho de visión romántica e idealizada.

En realidad, siempre me he sentido confundida ante la pregunta de hasta qué punto hay que llevar el “progreso” a las comunidades indígenas, en forma de medicinas, por ejemplo, o hasta dónde el respeto por su autonomía y sus tradiciones nos obliga a aceptar también  prácticas  suyas como el cepo  o el látigo como instrumento de castigo o la ablación en las niñas. Dudas que no impiden que crea que debemos proteger su acervo de tradiciones.
 
Guerra  tiene el mérito de acercarnos de nuevo a una región que buena parte de los colombianos desconoce. Y lo hace desde distintos ángulos: recreando la saga trágica de los exploradores europeos que vinieron al Amazonas en busca de respuestas a preguntas científicas y  a inquietudes espirituales; mostrándonos cómo el indígena, conocedor de su medio y respetuoso de los ritmos de la naturaleza, ha sido víctima del deseo de enriquecimiento del llamado hombre blanco; y  mostrando la naturaleza, indiferente y grandiosa, sus paisajes con ribetes de pesadilla, propicia para el delirio y la alucinación,  que tan bien pintó Rivera en La Vorágine.
 
Como toda obra lograda, El abrazo de la serpiente, al recrear el pasado  alude también –sin querer o queriendo– a realidades del presente. Porque, desafortunadamente, la expoliación y el despojo no cesan tampoco hoy. Desde hace una década, en las goteras de San José del Guaviare, se vive una tragedia que muchos colombianos ignoran: un número considerable de miembros  de los nukak sobreviven de la peor manera, alejados de su hábitat, perdiendo paulatinamente sus costumbres y expuestos a problemas de salud que han aumentado en forma considerable su tasa de mortalidad.  Se dice que hay ya algunos que han comenzado a mendigar.
 
Para los que no lo sepan, los nukak maku son una de las últimas tribus nómadas de América, cazadores y recolectores, que según estudios de los antropólogos colombianos se aislaron de todo contacto humano a principios del XX, huyendo de la crueldad de los caucheros que denunció Rivera y que muestra –en escena conmovedora– Ciro Guerra. Reaparecieron en 1965, cuando todo el mundo parecía haberlos olvidado. Ya empezaban a temer a los colonos cultivadores de coca, que los desplazaron de sus amplios resguardos a finales de los 80, y que ahora terminaron por arrinconarlos en las afueras de San José. El alcalde de esa población cuenta que los nukak, que no conocen el concepto de propiedad privada, se apoderan de lo que les falta en fincas de los campesinos, y estos se quejan de que el barbasco con que pescan envenena los ríos. Los nukak, por su parte, se lamentan de que los alimentos que les proporciona la Unidad de Víctimas –granos, etc.– no han estado nunca en su dieta, y añoran la carne y el pescado. Los nukak han venido a engrosar los vastos ejércitos de seres sin arraigo, y están perdiendo su lengua, ya no se rapan ni se depilan, y los más jóvenes añoran ya tener un celular. Si a Arturo Cova se lo tragó la selva, a los nukak los devoró la guerra.

 

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