Por: Lorenzo Madrigal

Del despotismo al nepotismo

SE HABÍA DEMORADO. SIETE AÑOS de un mismo gobierno, algo inusitado en Colombia, era tiempo suficiente para que ensancharan sus ambiciones los dueños del poder.

El uso de las ventajas oficiales ocurre también en períodos constitucionales normales. Se dan abusos, unos claros y otros aparentes, pues, de todos modos, se mira con recelo a los parientes del gobernante. Algunos mandatarios, como el presidente Ospina Pérez, mantuvieron a sus hijos en el exterior, lejos de toda sospecha.

El conocido gesto de Ospina fue traído a cuento en la W Radio por Alberto Casas, quien también mencionó, aunque ilustrara lo contrario, el caso Handel, que dio al traste con el gobierno del primer López. En el master de la W, los que cruzan el delicioso umbral de los cincuenta sólo parecían acordarse de La Libertad, en los tiempos del segundo López.

El affaire Mosquera, destapado por el periodista Daniel Coronell en la revista Semana (negocio que se desenvuelve por ironía en los predios de San Laureano, el llamado “fiscal de la Nación”), se mira monumental por las cifras de miles de millones en los que se convierten de repente las decenas, con que empezaban su vida comercial dos tímidos hijos del Ejecutivo, obligados a aplazar sus gusticos y sin dinero para disfrutar siquiera de un auto de gama baja.

Explicar todo como una mera actualización de cifras no resulta verosímil. No sé en qué momento se les oyó decir que el POT (Ordenamiento Territorial), con sus valores actualizados, podía sustituir la solemnidad pública de una escritura, en cuya verdad inalterable se finca el derecho.

A la valorización por Zona Franca, gracias a la decisión de una Comisión de ministros, se le suman otras ventajas. Una es la variante vial Mosquera-Madrid. La verdad, no era sitio para el hijo del Ejecutivo la junta oficial que estudiaba el trazado de esta vía de doble calzada, que atravesaría sus fincas. Otra adehala podrá ser el Tren de Cercanías, con estación, ya uno se imagina cosas, en los propios potreros de San Laureano.

Nada tenía qué hacer en esa junta el joven Uribe, salvo velar por sus intereses. El gobernador González, también presente en ella, destapó al ministro de Transporte como invitante del nepótico empresario a dicha reunión.

Este escándalo se desliza suavemente por las alfombras del Palacio de Nari, cabe profusas lámparas. La sociedad civil y la sociedad política cuchichean sus afinidades. Ni los inquisidores radiales, que a otros dejan sin respiro, hicieron valer en esta ocasión los interrogantes que el caso ameritaba, aparte de haber prevenido a los delfines. También en lo mediático parecieron gozar de información privilegiada.

 

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