Por: Columnista invitado
A mano alzada

Del emperador Qinglong al rey Jorge III

Por Fernando Barbosa

Inglaterra tenía enorme interés en que China abriera sus puertas al comercio. Le interesaba tanto comprar como vender. Pero también eran obvias sus intenciones colonialistas, que ya avanzaban en la India. En ese contexto, en 1793 envió a su embajador, Lord Macartney, con una carta en la que expresaba sus deseos. Tal carta fue respondida de manera atrevida por el mandatario chino.

Decía la contestación: “Conociendo el vasto mundo, yo tengo solamente un objetivo específico en vista: mantener un gobierno perfecto y cumplir las tareas del Estado. Los objetos extraños y costosos no me interesan. Si he ordenado que se acepte el tributo enviado por usted, Rey, fue solamente en consideración al espíritu que lo incitó a despacharlo desde tan lejos. La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el Cielo, y los reyes de todas las naciones han ofrendado sus valiosos tributos transportándolos por tierra y por mar. Como vuestro embajador puede apreciar por sí mismo, nosotros poseemos de todo. Yo no doy valor a los objetos extraños o ingeniosos, y no tengo uso para los productos de vuestro país”.

La misiva del emperador se tuvo siempre como una muestra del desconocimiento que se tenía de lo que sucedía en el mundo, de la soberbia del gobierno imperial, y como explicación de por qué China se quedó atrás del desarrollo de Europa.

Sin embargo, estudios más recientes, como el de la profesora Henrietta Harrison (2015) de la Universidad de Oxford, abren nuevas interpretaciones que se derivan del estudio de muchos documentos de este emperador que fueron descubiertos hace solo unas tres décadas y que han revaluado su imagen. En efecto, no era tan ignorante como se pensaba: conocía por medio de espías capturados que los británicos se habían establecido en Bengala, que habían construido una posición militar importante que ponía en riesgo al imperio y que, a su vez, habían avanzado tecnológicamente de tal forma que su país podría quedar en desventaja.

De acuerdo con la profesora británica, la carta al rey no fue muestra de la arrogancia, sino de una calculada estrategia diplomática. Se buscaba alejar a los ingleses de la manera más rápida y ganar tiempo para preparar una defensa militar para responder a una guerra que parecía inevitable. Es probable que tan arriesgada maniobra haya servido para retrasar casi medio siglo la que sería la Primera Guerra del Opio, 1839-1841.

Mirando estos acontecimientos y confrontándolos con lo que sucede hoy en día, particularmente en los “diálogos” que ha forzado el presidente de los Estados Unidos con su contraparte el presidente Xi, es imposible eludir las comparaciones y preguntarse sobre las diferencias que existen en la formulación de las estrategias internacionales de lado y lado.

 

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