Por: Julián López de Mesa Samudio

Del enemigo en tiempos de cambio

En el siglo XVI el mundo cambió.

En tan sólo 100 años, buena parte de las lenguas del planeta se pudieron escuchar unas a otras gracias a los puentes que entre ellas tendieron las invasiones, los viajes de exploración y las guerras de los siglos precedentes; gracias a los intercambios culturales que supusieron una primera mundialización, por primera vez en la historia de la humanidad se dieron saltos radicales en cuanto al desarrollo de tecnologías y formas de pensar. La imprenta supuso una revolución del conocimiento tan solo comparable, quizás, con la invención de la escritura. En el siglo XVI la Modernidad se puso en movimiento.

Sin embargo, mientras transcurrían frenéticamente estos cambios, una sombra se cernía sobre ese mundo nuevo: poco antes de inaugurarse aquel siglo brillante, el 29 de mayo de 1453, Constantino XI moría a manos de los ejércitos otomanos comandados por Mohammed II, el Conquistador. Al día siguiente, la media luna reemplazaba a la cruz que por 900 años había coronado la catedral de Hagia Sophia. La caída de Constantinopla supuso una amenaza latente para la incipiente Modernidad; hasta la Primera Guerra Mundial, el islam, una cosmovisión anclada en el pasado, en la tradición, pondría en jaque a aquel mundo enamorado del futuro.

El siglo XXI pasa por un momento similar. Internet ha supuesto otro salto exponencial en el acceso, alcance y difusión de la información, y al igual que con la revolución que supuso la imprenta, hoy la tecnología y las formas de pensar mutan vertiginosamente. Desde hace 500 años la humanidad no vivía un momento así. Al mismo tiempo, una Modernidad que empieza a dudar de sí misma sin abandonar su obsesión por el futuro se ve amenazada por todo aquello que se nutre del pasado. El islam vuelve a estar en el ojo del huracán y las posiciones se radicalizan peligrosamente como en aquellos tiempos.

A pesar de todo, detrás del ruido de la radicalización aún se escuchan algunos ecos con sentido y armonía que nos recuerdan que el otro, aún si es nuestro enemigo, también es humano: Hagia Sophia era el botín de guerra del sultán Mohammed. La que por nueve siglos había sido la catedral más grande e importante de la cristiandad era suya. Como musulmán, obediente de los mandatos del islam, sabía que su deber era destruir todas las imágenes que allí se hallaban: el arte invaluable e irrepetible que por siglos representó lo más sagrado de la religión de Cristo debía ser destruido. Pero el sultán no lo hizo. Mandó recubrir todas las imágenes de un material que las ocultase y las protegiese: sabía que ni él ni sus descendientes volverían a verlas jamás, pero las salvó para generaciones futuras.

Por siglos se creyeron perdidos los tesoros pictóricos de la gran catedral hasta que un día, ya en pleno siglo XX, se descubrió, por casualidad, lo que aquel guerrero aterrador y presuntamente bárbaro, aquel turco, había hecho por todos nosotros. Aquel “islamista” (término peyorativo y signo de la ignorancia de nuestros columnistas), tuvo la sensibilidad, la valentía y la visión de trascender su mundo; un invasor musulmán salvó para la humanidad, para todos nosotros, los tesoros de Hagia Sophia.

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2015-01-28T23:00:00-05:00

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