Por: Eduardo Barajas Sandoval

Del enfado a la acción

El desencanto con los partidos y su liderazgo errático presenta una mutación a favor del ejercicio ciudadano de la política.

Sumergidos en la confusión ante las respuestas poco convincentes de los políticos a los retos de la vida cotidiana, los ciudadanos de muchos países generaron una oleada de descontento con el denominador común de la indignación. La mera expresión del descontento no ofrecía sin embargo alternativas para la solución de los problemas denunciados y en esa carencia radicaba la debilidad frustrante de los reclamos sociales. Ahora comienzan a surgir respuestas que tienen el valor de proponer acciones, esta vez con el denominador común de la mayor participación política ciudadana. Esta es una buena noticia para el avance de la democracia.

Las sociedades democráticas de algunos países europeos, que tantos éxitos creían haber cosechado a lo largo de muchos años, cayeron a principios del nuevo milenio en el letargo de una crisis social que no ha encontrado respuesta fácil de parte de los partidos tradicionales. En unos casos porque llegaron a agotar, por abuso, desidia o desatino, los avances propios del estado de bienestar. En otros porque resolvieron regresar a las leyes implacables de un modelo que margina al Estado y permite los desafueros típicos de un juego sin más árbitro que el poder del más fuerte.

Cuando la ilusión del beneficio gratuito o del dinero fácil, o de ambos, invadió el ánimo de sociedades enteras, tal vez hubo factores de éxito, como la educación exigente, el rigor ético y el trabajo duro, que quedaron relegados a segundo plano. Todos creían que eran más libres porque las cosas salían a pedir de boca. Pero no advirtieron a tiempo los límites de tanta dicha. La lógica de los acontecimientos condujo a una crisis compleja, animada por el agotamiento del estado de bienestar y las desigualdades propias del juego económico libre de regulaciones a favor del interés público.

Los movimientos de indignación no fueron otra cosa que la reacción de una ciudadanía perpleja ante la ineptitud de los gobernantes, y de los partidos, y de la clase política, para hacer funcionar el sistema o encontrar la fórmula de mutaciones que evitaran la sensación de fracaso y la llegada inminente de una especie de catástrofe presentida por todos pero de la cual nadie parecía capaz de ocuparse. Con el agravante de que nada hay más difícil que recuperarse desde las honduras del desencanto.

Nuevos movimientos sociales, agrupaciones políticas surgidas hace algunos años en pleno ascenso de la crisis, y hasta partidos en busca de mutaciones creativas, parecen comenzar a plantear y a demostrar que la mejor salida a las dificultades de la coyuntura actual ha de ser la de una profundización de la democracia. Algo deseable y también posible no solo debido a la inoperancia creciente de prácticamente todos los partidos en sus versiones tradicionales, sino al poder ascendente de las redes sociales.

El descontento y la frustración tendrán entonces canales efectivos para que la voluntad popular se convierta en términos reales en poder político. Los partidos tradicionales y el conjunto de su liderazgo se verán obligados a renovarse y a innovar, so pena de salir del juego. Los ciudadanos aprenderán también a hacer mucho más que apoyar las propuestas de los profesionales de la política y de la economía. Tendrán eso sí que familiarizarse con las dificultades propias de llevar a la práctica cualquier propuesta política, porque estarán obligados a hacer algo más que ir a votar el día de las elecciones e irse a casa a criticar.

Los indignados de hace un tiempo deberán ser protagonistas de una democracia más profunda, que se haga presente en instancias donde hasta ahora todo ha quedado en manos de unos elegidos que terminan por hacer lo que les parece. Deberán ser los vigilantes de la viabilidad de las políticas adoptadas así como de la transparencia y los garantes del reclamo permanente por la vigencia de los derechos y las instituciones. En fin, deberán dar el paso crucial del enfado a la acción. Aquí en Colombia habrá que hacer lo mismo, conforme a nuestras características y nuestras necesidades. La oportunidad más cercana es la elección de alcaldes que se avecina.

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