Por: Lorenzo Madrigal

Del enojo a la compostura

LA INCURSIÓN DE COLOMBIA EN Ecuador quebrantó una tradición jurídica de fronteras que el país respetó siempre, inclusive con mayor ahínco que otros pueblos de Latinoamérica. Se le llegó a llamar “El Caín de América”, por defender el derecho en pliegos del gobierno inglés sobre las islas Malvinas.

El tema de fronteras es histórica y universalmente puntilloso y Ecuador, por supuesto, difícilmente ha aceptado que la pretensión de Colombia se limitaba a destruir un campamento del enemigo interno, aposentado un poco más allá del borde limítrofe. No se trataba de correr cercas en el linde fronterizo de la región de Sucumbíos, ni de asunto territorial alguno.

 Distinto pudo ser, valga como ejemplo, el caso del Perú –pleito zanjado con quien es hoy gran amigo– cuando sus tropas incursionaron en Leticia el año 32, puesto que en ese entonces la pretensión  del presidente Sánchez Cerro sí era la de tomar posesión de un territorio, más allá de lo definido por el tratado Salomón-Lozano, diez años atrás.

Con razón o sin ella el Estado y el Gobierno colombianos han sufrido las más acres ofensas de labios del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, así como las amenazas de otro vecino colocado en posición pre-bélica, con rompimiento claro de la hermandad de origen, ante lo cual no quedaría más remedio que atrincherarse de este lado –del que nacimos– y resistir la agresión.

No habría lugar para analizar reelecciones espurias, sino para ver quién es el presidente legítimo o legitimado (en derecho de familia daría lo mismo), a quien tocaría seguir. Ese tal, en Colombia, es Uribe, comandante en jefe de las tropas y representante de la Nación.

 A última hora, nuestro “comandante en jefe” ha pedido otra vez perdón, vaya. Es amigo de hacerlo, luego de algunos errores. Ecuador, por su parte, y su Presidente, el de la mirada oblicua, parecen haber cedido también, según noticias de hoy, y rechazan cualquier conato bélico de su mentor venezolano. Lula, el más sensato –y el más poderoso– de los llamados socialistas del veintiuno, está detrás de esta nueva actitud del recién posesionado presidente de Unasur.

No habrá, pues, una guerra de Galápagos (¡epa!) ni es creíble una de Coquivacoa y Dios nos libre de cualquiera de ellas. Para librarnos contribuyen además y paradójicamente, tanto el armamentismo venezolano, como la disuasora presencia norteamericana en nuestro país (que ha de ser sin mando sobre tropas nacionales y sin inmunidad penal). En el equilibrio de fuerzas también reside la paz.

 

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