Por: Julio César Londoño

Del escorbuto, el mal de ojo, los gais y otras pestes

“Salomónico” el fallo de la Corte: las parejas homosexuales podrán adoptar un niño que sea hijo biológico de uno de los miembros de la pareja. Es decir que el papá puede adoptar a su hijo, que los muertos pueden morirse, que en adelante las aguas de los ríos pueden correr pendiente abajo y que ya no tenemos que buscar el muerto aguas arriba.

Esta sentencia va en contravía de un fallo anterior, cuando el mismo tribunal concluyó que la condición sexual de las personas no era relevante al momento de calificar su idoneidad como padres adoptivos.

La Universidad de la Sabana protagonizó un oso comparable al de la Corte al concluir, después de una sesuda investigación científica, que el homosexualismo es una enfermedad que ocasiona sida, depresión, suicidios, infidelidad, tiña, sabañones, hemorroides, anosmia, escorbuto, calvicie y esclerosis trilateral amiotrófica, lo que dio pie a que la poeta venezolana Betsimar Sepúlveda insinuara que la Sabana no era una universidad de garaje sino de clóset, y que la profesora Yolanda Carrillo, de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, pida que, como es una enfermedad, se incluya el homosexualismo en el POS y que uno pueda faltar al trabajo aduciendo síntomas del mal: “Jefe, hoy no voy a la oficina porque me siento un tanto gay”.

Para desvirtuar a la Asociación Americana de Psicología, que hace marras sacó al homosexualismo del index prohibitorum per secula seculorum, los investigadores de la Sabana acuden a un argumento francamente excremental: “El grupo de trabajo de la Asociación está constituido por activistas homosexuales y lesbianas” (sic). Las preguntas ahora son: ¿también eran gais los investigadores de la Asociación que “legalizaron” el homosexualismo en 1973? ¿Siguen siéndolo sus sucesores por una suerte de herencia genética gremial y maldita? Después de semejantes papers, ¿cuánto valdrá la acción de esta universidad la próxima semana? Si son tan protomachos y científicos, ¿por qué tuvieron que disculparse y recular, si se me permite el verbo?

Como un oso llama a otro, el diario El Colombiano también hizo el suyo y echó a un columnista que osó decir que la Sabana podía estar equivocada porque se apoya en un oráculo falible: Jehová. Con sevicia y premeditación, el columnista echó mano de una cantera de perlas: las Escrituras. El Colombiano se limitó a echarlo (haciendo gala de civilidad, se abstuvieron de apedrearlo, un método correccional en boga en el Levítico y en el Deuteronomio).

Entre las muchas voces que se levantan en contra de la adopción de niños por parte de parejas gais, se destaca Viviane Morales. Su posición sorprendió a la opinión porque la exfiscal es liberal y ha dado muestras de tolerancia en el pasado. Apoyó, por ejemplo, a la pastora Piraquive, que quería expulsar del templo a los cojos y a los tuertos, una medida que dejaría sin empleo a la pastora Morales. O su heroico amor por el abogado, marido y pastor Carlos Alonso Lucio, que, dando pruebas de un pluralismo ecuménico y ejemplar, ha mantenido relaciones con una variopinta fauna de sujetos subjúdice. Para completar, Claudia López la golpeó en el ojo bueno. Con sus opiniones contra la comunidad LGBTI —trinó Claudia— la exfiscal discrimina a su propia hija.

A propósito: ¿cuántas letras tendrá esta sigla en 2025?

De todas las vergajadas que he oído sobre el tema, la peor es la del crítico literario Luis Fernando Afanador, que tuiteó con elegante economía: “Uribe es hijo de una pareja heterosexual”. Es una especie de fábula trunca que deja en el aire una moraleja inmoral, si se me permite el oxímoron: “Ninguna pareja homosexual puede hacerlo peor”.

 

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