Por: Mauricio Botero Caicedo

Del fisco y del agro

La prosperidad y longevidad del antiguo Egipto se debió en buena parte a las aguas del Nilo, río que —por medio de ingeniosos y sofisticados sistemas de irrigación— les permitió a centenares de miles de hectáreas producir abundantes cosechas que a su vez les proporcionaba a Egipto los excedentes alimentarios para no sólo alimentar su propia población, sino para exportar parte importante de su producción agrícola.

La burocracia egipcia, más que eficiente, era pragmática. Los recaudadores de impuestos diseñaron un sistema sencillo para aforar la capacidad de tributar de los agricultores: colocaban en lugares claves un ‘metro’ para medir el caudal del río. En caso de sequía, como ocurría con bastante frecuencia, los impuestos disminuían proporcionalmente, ya que el fisco era consciente que las buenas cosechas mantenían estrecha relación no con el área sembrada, sino con la disponibilidad de agua. En la agricultura son las sequías o la disponibilidad del agua la que determina la abundancia o la calamidad.

En Colombia el Estado y los tecnócratas siguen sin entender mayor cosa ni sobre agricultura ni sobre política fiscal. Esta es una de las razones por la que de los 25 millones de hectáreas con potencial agrícola, sólo cultivamos 4 millones; e importamos anualmente 9 millones de toneladas de comida. En La Habana se discute el establecimiento de Zonas de Reserva Campesina, como si el delimitar arbitrariamente un área la convirtiera automáticamente en un polo de desarrollo agrícola. Hace 3.000 años lo fundamental en la agricultura era el agua. En el siglo XXI, la fórmula no ha cambiado. Y si bien la adecuada fertilización de la tierra, el material vegetal apropiado y el control fitosanitario cumplen un papel vital, tierra sin agua es polvo. Armando Montenegro, en su columna de El Espectador (enero 24/15), señala: “Buena parte de las ideas vigentes sobre el campo se basa en las realidades de otros tiempos. El 90% de la población del país que trataron de modernizar los radicales en el siglo XIX vivía en zonas rurales y, en ese entonces, la participación de la agricultura en el PIB alcanzaba un porcentaje parecido… Hoy, cerca del 80% de la gente vive en las ciudades, un porcentaje que sólo crecerá en los próximos años. La participación de la agricultura en el PIB es del 11% y será bastante menor en el futuro… La redistribución de la tierra tampoco asegurará la mejoría de la seguridad, pues, como bien señala Robinson, la causa de la violencia no ha sido la propiedad rural… Si con ingenuidad se acaricia la idea de que, como por arte de magia, de los acuerdos agrarios de La Habana brotará, de golpe, un nuevo país, moderno, igualitario y seguro, pronto llegará una gran frustración”.

En materia fiscal, los tecnócratas piensan al revés. En vez de buscar multiplicar la riqueza y gravar los frutos, lo que se busca reiterativamente es gravar la riqueza. Al gravar los patrimonios con ‘impuestos a la riqueza’ y renta presuntiva, sin tener en cuenta las razones o motivos por los cuales no siempre es posible obtener réditos de las actividades productivas, se desestimula la inversión. Un economista de izquierda, Dean Baker, estima que por cada dólar invertido la sociedad recibe cinco. Cuando el Estado aumenta el gasto, para perpetuarse en el poder o para cumplir promesas populistas, no busca aumentar el universo de contribuyentes, ni incentivar la creación de riqueza que eventualmente va a producir frutos: lo que busca es exprimir indefinidamente a los ricos a los que invierten. ¡Hasta la OCDE ha señalado lo equivocados que están!

 

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