Por: Columna del lector

Del fósil al fotón (y al hidrógeno)

Por Germán Vargas G.* y Paula Catalina Acuña**

El Gobierno insiste en su desesperada apuesta por la explotación de fuentes no convencionales de energía no renovable (y contaminante, fracking/off-shore).

La energía potencia la economía, y Colombia ocupa la octava posición en el Global Energy Architecture Performance Index (Foro Económico Mundial). Dato extraño, porque nuestra energía es costosa y la producción total depende del carbón y petróleo (93 %); en generación eléctrica, específicamente, los fósiles aportan 33 % y el agua, 66 %. Fuentes vulnerables, porque el autoabastecimiento petrolero no sustenta un quinquenio y los embalses no soportan la sequía del cambio climático. Entonces, resulta lamentable que desaprovechemos el oxígeno y la luz del sol para complementar nuestra matriz energética.

Postergando la gestión de esos riesgos, además de los compromisos asumidos en el Acuerdo de París, los planes de expansión eléctrica son más de lo mismo, porque así lo dispone el cargo por confiabilidad. Error estratégico, por una parte, porque desperdiciamos abundantes y diversos recursos limpios; de hecho, la radiación solar que recibe Colombia es aproximadamente el doble de la registrada en Alemania, líder mundial en generación fotovoltaica.

Por otra parte, aunque ahora sólo consumimos la mitad, la producción actual de electricidad sería insuficiente, proyectando un escenario como plantea Noruega –potencia petrolera–, de permitir únicamente vehículos eléctricos desde 2025.

En prospectiva, ahora que no existe el corto plazo, tampoco es sensato perder de vista la tecnología basada en celdas de hidrógeno, que en contacto con el oxígeno del entorno producen electricidad (y emiten agua). Para contrastar su potencial, considere que las baterías de litio y cobalto (materiales limitados, costosos y contaminantes) requieren cinco horas de carga para suministrar 400 kilómetros de autonomía vehicular, mientras que las celdas requieren sólo 10 minutos.

En costos efectivos, aunque un vehículo de transporte público basado en diésel cuesta cerca de 250.000 euros, y uno de celdas de hidrógeno 650.000, las flotas destinadas a transportar a las delegaciones deportivas en los Juegos Olímpicos de Japón 2020 serán propulsadas por vehículos que comparten la tecnología del modelo Mirai de Toyota.

En términos de política energética, un referente en transición hacia fuentes limpias se encuentra, con buen suceso, en el Energiewende alemán; en contraparte, España está resintiendo el saboteador “impuesto al sol”. De momento, la regulación colombiana parece seguir esta línea; la paradoja es que la Ley 1715/2014 promueve la sustitución tecnológica, aprovechando que la relación costo-beneficio cada vez es más competitiva, aunque las fuentes tradicionales mantienen ventaja debido a los mecanismos de remuneración.

Pasando de las fuentes alternativas hacia la eficiencia energética, los avances también son exiguos: los edificios del Estado carecen de iluminación LED, y esa tecnología la desaprovecha el Ministerio de Agricultura para optimizar la productividad agrícola, que durante el posconflicto permitiría a Colombia ser “la despensa del mundo”.

Superada la crisis de 1990, es necesario anticipar la de los años 2020+. Es momento de renovar la matriz energética nacional.

* Catedrático U. Javeriana. **Ph.D., docente ocasional, U. Nacional.

 

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