Por: Cristo García Tapia

Del mal gobierno y la verdad

El 21 de noviembre, el 21N, se inició en Colombia un movimiento social, entre cuyas características más destacadas percibimos la heterogeneidad: confluencia de distintas clases, la diversidad étnica y de género, política, académica, intelectual, al igual que la participación entusiasta y multitudinaria de jóvenes y estudiantes de las universidades privadas y oficiales.

De maestros y profesores, pensionados, empleados públicos y trabajadores, sindicalistas, campesinos, población LGBT, artistas; en fin, una protesta social cuya cualificación y desarrollo en el marco institucional y jurídico vigente, bastaría para no calificarla como un movimiento de “masas” promovido y financiado por el Foro tal o cual, Venezuela o Rusia.

Entre las razones que fueron determinantes para convocar y aún mantener viva y festiva esta novedosa, entre nosotros, forma de desobediencia civil, está el mal gobierno, del cual es pertinente predicar que no es una expresión más, un concepto vacuo y carente de significación o algo que se invoca como pretexto para hacer oposición o incomodar al gobernante de turno.

Nada de eso.

En las democracias, es la anomia del gobernante, del Estado, su incapacidad para promover el desarrollo y satisfacción de requerimientos básicos de la sociedad en su conjunto, cuanto viene a configurar el mal gobierno y, consecuentemente, a inducir la conformación de vastos movimientos sociales para llamar la atención sobre hechos y situaciones de suyo graves y atentatorias de derechos naturales inalienables de curso y uso en el marco institucional y jurídico vigente.

De no ser cada vez más crecientes la desigualdad y la corrupción, las reformas tributarias y financieras que favorecen con exenciones a los más ricos y “desaparecen”, como cualquier falso positivo, a la clase media, las privatizaciones de la educación superior y de los bienes públicos estratégicos en general, es poco probable que una convocatoria como pretexto de la oposición para “tumbar al gobierno”, alcance la magnitud y continuidad de esta que en Colombia va en vías de convertirse en permanente.

De igual manera, es impensable que los pensionados van a salir a protestar para distraer sus ocios de tercera edad y festejar la disminución de sus mesadas, o los jóvenes van a hacer lo mismo para celebrar los menores salarios y su incierto primer empleo por horas que, para unos y otros, contemplan las reformas pensional y laboral en trance de consumarse.

El mal gobierno es, independiente de quien sea el gobernante, un hecho posible e históricamente verificable en el devenir de la democracia y de las instituciones jurídicas, económicas y políticas, surgidas de su interacción y dinámicas.

De ninguna manera, una entelequia para asustar al gobernante de turno y más bien sí, desde el componente organizado que es la protesta social, para animarlo y acompañarlo a enderezar el rumbo e incitarlo a cumplir sus compromisos y a hacer bien su tarea de desarrollo y progreso colectivo.

El ejercicio del poder nunca será por lo tanto otra cosa que el indicador de la verdad**, ha dicho Michael Foucault, y el movimiento social devenido en Colombia en protesta social cuanto está expresando es una verdad: la ratificada incompetencia de Estado y Gobierno para cumplir el pacto social que la misión de uno y otro les impone en una democracia.

@CristoGarcíaTap

* Poeta.

** Del gobierno de los vivos, Michel Foucault, Fondo de Cultura Económica.

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