Por: Beatriz Vanegas Athías

Del olvido y la corrupción

Aún es posible crecer en la Colombia rural y tener vecinos y amigos. Ir a la escuela y al colegio con ellos. Caza peleas, ríe, llora, construye traiciones de grupo que no son más que excusas para volverse a amistar. Incluso va a misa y a las procesiones de las conmemoraciones religiosas y hasta hace la primera comunión con ellos. El pueblo es un territorio donde crece el afecto y la fraternidad. Uno disfruta y padece cómo las familias se ayudan entre sí cuando las angustias económicas surgen y se vuelve consigna que “ningún hijo de Dios se acueste sin comer”, porque para eso están los vecinos: más diligentes —en ocasiones— que la familia que nos tocó en suerte. No son esos tiempos de símbolos, sino de acciones para hacer la vida digna.

El tiempo pasa y crecemos. La guerra se acentúa y se le atribuye todo el dolor que se vice en la comunidad. Algunas partimos hacia sitios que creemos menos duros y agrestes, pero donde la agresividad se vive de otra forma soterrada y rapaz. La mayoría de los amigos-familia se queda y se convierte en los administradores de los destinos de las nuevas generaciones del pueblo.

Una creería que por venir de abajo, del dolor, de la pobreza, pero también de la fraternidad, los antiguos amigos de la infancia hoy entronizados están dotados de una memoria sensible que les impedirá perpetuar el atraso desde su nueva posición. Pero no, la amnesia es absoluta, el olvido los carcome y es su lenguaje la prepotencia y la crueldad hacia sus paisanos. Olvidan el sufrimiento padecido en su infancia y adolescencia que injustamente fue infringido por coterráneos que ostentaban el poder que ellos poseen ahora.

Entonces no saben qué hacer con los dineros públicos que les corresponde administrar para el bien común, desde los sitiales de privilegios donde los situaron como concejales, alcaldes, gobernadores, representantes o senadores. Y se enloquecen con el poder otorgado. Y no alcanza el dinero para que figure en documentos de control una trocha dizque pavimentada dos veces. Y es poco el dinero para robar, así miles de ciudadanos y pueblerinos se mueran en los pasillos de embargados y quebrados hospitales. Así no alcancen los dedos de las manos para enumerar las mansiones que se han construido dentro y fuera del país, mientras sus paisanos han olvidado soñar con una vivienda, un trabajo o una oportunidad de estudio para sus hijos.

Una creería que estos políticos pululan en el Gobierno central, pues es casi tradición que los interioranos no tienen idea de qué es y qué sucede en verdad en la periferia —que es la mayor parte del país—. Hasta explicable es su insensibilidad, decía mi fallecida madre. Pero caramba, estos concejales, estos alcaldes, estos gobernadores que una los vio morder el polvo y los ayudó a levantarse, ¿cómo es posible que repitan el ciclo de miseria para quienes los vieron crecer y ayudaron a ser?

 

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