Por: Fernando Araújo Vélez

Del otro lado del puente

Estar del otro lado del puente, siempre del otro lado del puente, como sugería Saramago, y caminar dos cuadras hacia el sur casi sin caminar para aguardar el mágico momento en el que la locura comenzara a invadirla.

Ese era su más inmediato anhelo, y también, su más vieja ilusión. Quería escapar de su cuerpo, de sus rutinas, de sus temores, de sus vecinas, e incluso, de ese futuro que ya le habían diseñado sus padres, sus tías y abuelas para cuando se reformara del todo.

El futuro de ellos, no el suyo, pensaba, mientras se debatía y reventaba entre el mandato, los apellidos, y ella. Porque ella, en esencia, era más asesina que madre; más ladrona que filántropa; más promiscua que virgen, y creía que su santidad era, precisamente, darle rienda suelta a su verdadero ser, a esa parte de mujer que los demás calificaban de oscura, y que para ella era naturaleza, simple naturaleza.

Del otro lado del puente, decía y canturreaba, podría ser quien quería ser, o mejor, quien era en realidad. Del otro lado del puente se le entregaría al primer hombre que le llamara la atención para que la perjudicara, como decían los viejos en uno de aquellos resabios machistas y hasta religiosos que ella tanto odiaba.

Del otro lado del puente amaría con odio u odiaría con amor, no lo tenía muy claro aún. Comería chocolates sin límites, y haría caso omiso a los kilos de más; se emborracharía, como sus hermanos y su padre, buscaría tipos, uno para cada noche, y los desafiaría para que se atrevieran a ser tan inteligentes como decían, sólo por burlarse de ellos después.

Macarena, mi nombre es Macarena, le dijo al primer hombre que se encontró del otro lado del puente, la mañana en la que salió de prisión. Luego calló, miró hacia atrás, y musitó que lo único que quería era estar del otro lado del puente.

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