Por: Klaus Ziegler

Del sexto pecado capital

Entre los desórdenes del alma, la envidia es el único inconfesable, escribió Plutarco.

Envidiar no es “desear aquello que no se posee”, porque “envidia de la buena” es solo una expresión engañosa para encubrir otro sentimiento: más que desear aquello que no se tiene, o sentir “tristeza del bien ajeno", la envidia es una amargura que se despierta con el éxito de los demás, una pasión mezquina que envilece el alma cada vez que nos enteramos del triunfo de un rival.

“Es tan fea la envidia que anda siempre disfrazada por el mundo”. Unas veces se camufla entre la admiración excesiva, entre la adulación melosa; y no pocas veces toma la odiosa forma de justicia o de condena moral. Las mujeres hermosas despiertan en las poco agraciadas una envidia venenosa, una que ha dado lugar a esa creencia falaz que se repite sin fundamento: “las bellas son frívolas y tontas”. Hombres y mujeres, cuanto más exitosos con el sexo opuesto, más susceptibles de ser tildados de libertinos o impúdicos por moralistas envidiosos. Con toda razón dijo alguna vez H. L. Mencken: “El puritanismo es ese molesto temor de que alguien en alguna parte sea feliz”. Y tal vez ni los santos escapen del mal de la envidia, cuando de rivalizar en santidad se trata: “Dudo mucho de que san Simeón el Estilita (aquel loco que, según cuenta la leyenda, permaneció treinta años en lo alto de una columna, imperturbable, rezando a Dios) se hubiera alegrado de saber que otro santo aguantara más tiempo sobre una columna aun más delgada”, comenta con su buen humor Bertrand Russell.

La envidia es inconfesable, pero sus síntomas son inequívocos. El envidioso se reconoce por su fingida indiferencia, por el silencio displicente con el cual pretende ignorar los éxitos de su rival. En su mente, cualquier reconocimiento, cualquier premio que se le otorgue a su adversario será siempre inmerecido, producto de intrigas, de favores, de amigos influyentes, de la buena suerte…, pero jamás debido a méritos propios.

La envidia, por regla general, es un sentimiento circunscrito. “El alfarero siente envidia de otros alfareros”, y más cuando son de su mismo pueblo o lugar, observó Aristóteles. Los escritores sienten envidia de sus colegas, pero no de los músicos ni de los atletas, ni tampoco de quienes se encuentran más allá de un abismo insalvable. Por el contrario, los escritores consagrados le sirven al envidioso para disminuir a quien envidia: “Al lado de Proust, usted y yo somos novelistas insignificantes”, se le oye decir, y lo propio en cada campo, porque solo despiertan envidia aquellos que consideramos rivales directos. De Einstein, dicen que era en extremo modesto. Pocos caen en la cuenta, sin embargo, de que ello no es gran mérito cuando se goza de semejante fama y talento.

Pero la envidia no solo es circunscrita, sino también relativa: si un empleado sabe que gozará de mejor salario, se alegrará hasta descubrir que él no es el único. Luego su satisfacción se transformará en envidia virulenta cuando se entere de que sus compañeros tendrán un salario aún mayor. Hay mucho de cierto cuando se afirma, “lo importante no es ganar sino que los otros pierdan”.

La historia de la cultura está permeada por la envidia. Antonio Salieri, el archirrival de Mozart, expresó con inusitada honestidad su alegría ante la muerte del envidiado colega: “Por supuesto que es una lástima su muerte, pero para nosotros es bueno que haya muerto. Porque si hubiera vivido más tiempo, lo cierto es que el mundo no hubiera dado un mendrugo por nuestras composiciones”. Leibniz y Huyghens derramaban lágrimas de cocodrilo ante los rumores de que Newton se había vuelto loco. “¿No es triste que el genio incomparable del señor Newton haya quedado nublado por la pérdida de la razón?”, se escribían uno a otro regodeándose en su desgracia. Lord Kelvin, que a pesar de su grandeza parecía sufrir de envidia crónica, llegó a expresar: “Los rayos X son una estafa”. Y ante los sorprendentes descubrimientos de Hertz, en lugar de mostrarse impresionado, comentó: “La radiodifusión no tiene futuro”.

Poco después del fantástico hallazgo de Roentgen, el físico francés Rene Blondlot anunció la existencia de una nueva radiación, los rayos N, en honor a Nancy, el nombre de su ciudad natal. Sin embargo, un poco más tarde se comprobó que tal radiación no existía más que en la mente de Blondlot. Después de todo, Francia no podía quedarse atrás, y si los alemanes tenían rayos X, los franceses tendrían otros aún más espectaculares, los “N”.

En “El origen de las especies”, Darwin observó que la envidia aparece desde la infancia y es un sentimiento universal. Dentro de la perversa lógica evolutiva, este pecado capital, como cualquier otro, constituye en realidad una “virtud”. Las principales características de la envidia, su persistencia, universalidad y el hecho de que cohabite con la vergüenza, sugieren que cumple un profundo rol social. El acicate de la envidia pudo haberse seleccionado durante nuestra historia evolutiva, pues responde a una lógica simple: el valor de un individuo no está determinado de manera absoluta, sino en comparación con los demás miembros de su grupo. Su eficacia reproductiva dependerá de poseer atributos por encima de aquellos de sus rivales.

Apenas ahora se empieza a comprender la neurofisiología de la envidia. En un artículo publicado en “Science”, un grupo de investigadores mostraron cómo algunas regiones cerebrales situadas en el córtex cingulado anterior dorsal, e involucradas en el registro del dolor físico, se activaban al evocar la imagen de individuos exitosos a quienes un grupo de pacientes envidiaban. Y a mayor envidia, más vigorosa era la respuesta neuronal. De otro lado, cuando los sujetos imaginaban que el envidiado caía en desgracia, se activaban de inmediato aquellos centros dopaminérgicos del placer relacionados con los circuitos de recompensa. No es casual que el idioma alemán tenga un vocablo exclusivo para describir este sentimiento: “Schadenfreude”; o que exista un dicho japonés que reza así: “Las desgracias de los otros saben a miel”.

Como diría alguna vez el gran biólogo J. B. S. Haldane, jamás podremos aspirar a ser ángeles, pues nuestra naturaleza no permite acomodar al mismo tiempo dos brazos y dos alas. De los siete pecados capitales, la envidia es uno de los más infames, aunque insignificante al lado de toda la sordidez que puede llegar a albergar el alma humana. 

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