Por: Julio César Londoño

Del sobre a la mochila

A principios del siglo XX la cartera era un accesorio tan mal visto que las señoras de sociedad no la usaban. Era tan inadecuado como si hoy un ejecutivo se lanzara a la calle con un vianda o un costal.

Si una dama necesitaba llevar algo en sus manos, un hombre o una criada se encargaban de hacerlo por ella. Hoy persiste un eco de esos tiempos: el protocolo prohíbe a las señoras de la realeza europea tocar dinero en público. El vil metal no debe manchar sus manos —al menos no enfrente de la plebe—.

Cuando dio sus primeros pasos la gran revolución del siglo, el ascenso social de la mujer, ellas empezaron a ganar independencia y fue necesario que llevaran consigo las llaves, el dinero y algo de maquillaje (esta revolución se dio a pesar de la oposición de los hombres, sin apoyo legislativo, y es obra de un movimiento menospreciado, el feminismo).

La cartera aparece de manera tímida a finales de la segunda década en forma de sobre o pochette, y fue ganando volumen con los años. A finales de los 20 ya es más fácil encontrar mujeres sin zarcillos que sin bolso.

La cartera es más necesaria en las mujeres porque sus vestidos carecen de bolsillos, y cuando los tienen son ciegos, decorativos. Como sus prendas son generalmente ceñidas, los objetos en los bolsillos deformarían las apreciadas curvas de sus cuerpos. Ninguna mujer en sus cabales aceptará llevar una cajetilla en el bolsillo de la blusa o una billetera en el pantalón. Ellas odian las rectas y los paralelepípedos, formas contra natura, frígidas, gélidas, estólidas, llenas de odiosas aristas, refractarias a la caricia.

Durante la segunda guerra los bolsos se volvieron muy grandes (era necesario echar ahí un pan o un suéter tejido a mano porque los tejidos industriales estaban monopolizados por la demanda militar) y apareció la correa para colgarlos del hombro o terciarlos en bandolera y dejar las manos libres para manejar la bicicleta o enfrentar cualquier emergencia.

Esta tendencia pragmática se afianzó en 1985, cuando la diseñadora Miuccia Prada lanzó una mochila de nailon negro. Era escueta y minimalista, tenía dos correas y estaba inspirada en la moda deportiva y los accesorios militares. Era, pues, un bolso para las batallas cotidianas de la mujer moderna. Tal vez por esto las mochilas vienen ahora con espacio para la cantimplora y con un bolsillo acolchado para ese cacharro imprescindible, el portátil. Variaciones suyas son las riñoneras, los canguros y las bandoleras.

A mediados de los 90, cuando los bolsos eran austeros (“aburridos”, decía Versace), a los diseñadores se les ocurrió el “bolso de status”, un accesorio de cierres, herrajes y forros de lujo, cueros o sintéticos muy finos y tiradas muy cortas que tenían como finalidad hacer de él una pieza casi exclusiva y generar una enorme demanda y largas listas de espera.

Los bolsos de status de Prada, Dior, Fendi, Gucci y Luis Vuitton pueden valer más que un traje exclusivo de un diseñador de prestigio. El más cotizado es el bolso “Birkin” de Hermès. Si usted quiere uno, debe pagarlo por anticipado (unos 5.500 euros) e inscribirse en una lista de espera de dos años (el bolso deriva su nombre de Jane Birkin, una olvidada actriz de los años sesenta).

Yo creo que, pese al horror femenino por los “bultos” y los paralelepípedos, y como todo evoluciona de manera funcional, los vestidos de las mujeres de la próxima década tendrán bolsillos, y los hombres del próximo milenio nacerán con bolsillos, como los marsupiales, esas evolucionadas criaturas que tienen una bolsa para llevar las crías y para guardar sus testículos, en lugar de llevarlos colgando a la peligrosa manera del homo irresponsabilis.

 

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