Por: Pascual Gaviria

Delfines

SEAMOS FRANCOS: ALGO HAY QUE reconocerles a Tomás y Jerónimo Uribe. Su apatía política es un regalo de valor incalculable.

Sabiendo que un imitador torpe y sobreactuado, una previsible caricatura de su padre obtiene puntos importantes en las encuestas, sería muy fácil que alguno de los Uribe Moreno decidiera usar el perfil, el acento y el apellido para cautivar electores. Porque las elecciones son la excepción a la regla según la cual las segundas partes nunca fueron buenas. En últimas, la política es un subgénero de la mnemotecnia colectiva y lo que los padres gastaron en afiches y pasacalles siempre sirve a los hijos.

Así que nunca tendremos con qué pagar el hecho de que los hijitos de Álvaro Uribe y Lina Moreno tengan gustos más cercanos a Colombiamoda que a Primero Colombia, que su carácter reservado prefiera las reuniones a puerta cerrada con los ministros a las alharacas de la plaza pública y que su pasión sea por Salvarte y no por salvar el destino de la patria. Son continuadores de una sana y reciente tradición de nuestra política que tiene a los delfines presidenciales como una especie en vía de extinción. Entre los hijos de los últimos seis presidentes sólo Simón Gaviria ha decidido saltar entre los aros para buscar el aplauso de los electores. Los hijos de políticos asesinados han entrado a suplir las vacantes de los hijos de los elegidos. Ya se anuncia que Juan Manuel Galán será compañero de fórmula de Gaviria Muñoz para las elecciones al Congreso. Faltaría que se les uniera Rodrigo Lara Restrepo para formar el partido de la regeneración.

Pero es bueno advertir que la sequía actual de delfines no garantiza su ocaso. Los nietos son siempre un riesgo latente. Como botones de muestra están Germán Vargas Lleras y Samuel Moreno Rojas. Y si hablamos del Polo habrá que decir que el hijo de Lucho Garzón renunció hace unos meses a su puesto en el Comité Ejecutivo del Partido que declaró a su padre hijo calavera.

En serio creo que es mejor no torear a los jóvenes Uribe Moreno. Que conversen con el alcalde de Mosquera, que se reúnan con los concejales de Facatativá, que visiten al director del Invías, que llamen al ministro de Comercio Exterior. Son pequeñeces. Un precio apenas justo por evitar fatigas mayores. Podrían ser, por decir algo, alcaldes de Medellín o cabezas de lista para el Senado o líderes exitosos de las Juventudes Consumistas. Pero no, heredaron la inteligencia superior de la madre y prefieren ser simples inquilinos de Palacio, no cambian el afterparty por el political party.

Hay que reconocerles además que son una rareza en medio de las familias presidenciales de la región. Marcos Claudio Lula da Silva, hijo del presidente brasileño, intentó ser candidato a regidor de la ciudad de São Bernardo Do Campo, pero el Tribunal Electoral se lo impidió. Máximo Kirchner, el hijo del matrimonio peronista, sonó como candidato a intendente de Río Gallegos y tiene una escuela de proselitismo. Los ocho hijos de Daniel Ortega manejan medios de comunicación del sandinismo y, según su madre, “cumplen una función en el gobierno y por eso forman parte de las giras oficiales”. Chávez, en cambio, prefiere la línea ascendente y sabe que los hijos pueden esperar mientras los hermanos trabajan. Hugo de los Reyes, su padre, fue gobernador de Barinas y al terminar su período le entregó a Adán su hermano mayor. Aníbal es alcalde de Sabaneta y Argenis prefiere mandar desde las secretarías de gobierno. Los hijos de Correa están muy pequeños y los de Lugo apenas están tramitando el apellido. Es mucha gracia que Tomás y Jerónimo, acostumbrados a trabajar con basura, no hayan decidido entrar a la política.

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