Por: Juan David Ochoa

Delfines

Aunque los últimos reportes sustentan la tendencia decreciente de especies que empiezan a rayar en la extinción, una especie se resiste a desaparecer de los contornos de la historia, y frente a todos los pronósticos asciende inexplicablemente hasta empezar a rayar en picos críticos de hacinamiento.

Cuatro décadas atrás, los delfines eran apenas perceptibles; circulaban en los ríos turbulentos del poder con el auspicio de sus padres plenipotenciarios: Álvaro Gómez Hurtado y Alfonso López Michelsen. Tiempo después de una bonanza repentina de sexo, de patriotismo o de avaricia, los delfines saturan el espacio, el tiempo, la corriente, lo disques y la atmósfera. Guerleins, Benedettis, Valencias, Ospinas, Sardis, Gavirias, Gómez, Garzones, Lleras, Barreras, Delgados, Barraganes, Trujillos, Chars, Names, Guerras. Los hay de todos los tipos, los  tópicos y los pelambres: sanguíneos azules como los clichés: Simón Gaviria, hijo de Cesar, Paloma Valencia, nieta de Guillermo León, German Vargas, nieto de Lleras Restrepo. Sanguíneos mediáticos como la larga estela de los Santos, patrones de todos los negocios. Sanguíneos Turbios como el aspirante al senado José García, retoño de Juan José García y de Piedad Zuccardi.

Aunque el ritual del delfinazgo haya iniciado entre las sombras del siglo XIV, cuando el Conde Humberto II, miembro del núcleo familiar apodado “los delfines de Viena” le cedió sus territorios a Felipe I de Francia con la condición de que sus miembros fueran llamados con su apodo fáunico, y haya acabado el ritual entre la pólvora de la revolución. Y pese a los continuos derrumbes monárquicos de Europa y a su progresiva esterilidad pragmática, en Colombia, plutocracia oculta en un disfraz ramplón de democracia, tierra feudal que apenas se levanta y vocaliza las primeras tildes de la lógica, el ritual continúa y sobrevive al tedio de su historia inmóvil y encharcada en el lodo de los nepotismos.

El mismo círculo de estafa y burla que enturbió numerales futuristas de la última constitución, el mismo que enturbió los candidatos anómalos hasta ensuciarlos en el virus de los peculados, del cohecho, del prevaricato, de la concusión y del concierto para delinquir, sumados a los que calló con la sevicia del plomo cuando no pudo sobornarlos. El mismo que enturbió las soluciones urgentes, los partidos pedagógicos, las intenciones, las voluntades, las conciencias, los orgullos, las leyes, la justicia, la razón, sigue enturbiando el aire. Mientras tanto la amnesia, efervescente en el ruido del marasmo, hace de nuevo su número a las puertas de todas las campañas, cuando el otro y viejo ritual de las prebendas reinicia la función del circo.

En la próxima fecha, esta historia paralítica y paralizante, volverá a elegir entre la soga, el abismo o el disparo.

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