Por: Reinaldo Spitaletta

Delirio al desnudo

EL ESLOGAN OFICIAL NOS RETRATA con justeza: Colombia es pasión. Y aunque es una frase que produce horror al vacío, tiene alguna “racionalidad”. La euforia nos enajena, nos produce amnesia y pasamos de la gritería de un gol a la exacerbación del odio y tal vez por eso, al llegar a París (¿ciudad de la razón?) Íngrid ha dicho, refiriéndose en especial al presidente Uribe, que es hora de “sentarse a hablar con la gente a la que odia”.

La dicha (dicen que somos el pueblo más feliz del mundo) nos debería conducir, como lo señaló un columnista gringo, a celebrar la liberación de los rehenes y no al régimen. Aquí, además, nos lleva a lo de siempre: al olvido. Y, con la ayuda de los medios de información, a la propagación de inciensos y lambonerías.  Aunque no a todos. Por ejemplo, un médico colombiano, Manuel Rozental, refugiado en Canadá, recordó por estos días que Colombia tiene uno de los peores historiales de América Latina en violación de derechos humanos.

El milagroso rescate no debe hacernos olvidar que, según lo retomó un anuncio de la sección estadounidense de Amnistía Internacional, citado por el columnista Amy  Goodman, aquí “las torturas, las matanzas, las desapariciones y el asesinato de no combatientes son fenómenos generalizados, y la connivencia entre las Fuerzas Armadas y los grupos paramilitares continúa hasta el día de hoy”.

Tal vez haya sido una coincidencia la presencia del candidato republicano en Colombia el día de la ‘Operación Jaque’. Se sabe que el ex director de la Chiquita Brands en Colombia, Carl Linder, acababa de realizar un evento de recaudación de fondos para McCaine. Habrá que recordar que bajo su dirección esa compañía subvencionó a los paramilitares. Tampoco habrá que olvidar que Colombia sigue cargando con la vergüenza de haber sido el único país de la región en apoyar la masacre yanqui contra el pueblo iraquí.

El prodigio del rescate, que Uribe atribuyó a vírgenes y otras santidades, no puede ocultar, por ejemplo, el resentimiento de la economía colombiana en áreas como la industria, la agricultura, además del aumento del desempleo, sin que todavía se hayan contabilizado los despidos en sectores como ensambladoras, las confecciones, el banano y las flores. Se notan entre el estrépito de los fuegos de artificio, los efectos del modelo neoliberal: desaceleración, desempleo e inflación.

Es posible que la pasión que se derrama por estos días, capitalizada por un gobierno que ha tenido a sus pies a la mayoría de medios de información, no permita analizar la yidispolítica, ni el cohecho que permitió aprobar la reelección, ni las andanadas del Ejecutivo contra las cortes, ni el contubernio de congresistas uribistas con los paramilitares, y además ayude a mantener en el ostracismo a los cuatro millones de desplazados y al aumento de refugiados colombianos en países como Venezuela y Ecuador. Tal vez poco nos importa cómo el modelo económico ha empobrecido a las mayorías y enriquecido a una casta de privilegiados.

El desbordamiento pasional nos lleva a la ceguera. Ni riesgos de criticar a nuestro héroe nacional e internacional (aunque en Francia los laureles son para el zorro Sarkozy), el mismo que le reza al beato Marianito y que puede llamar impunemente a referendos para repetir elecciones; qué nos importa si acabó con la salud pública y con los sindicalistas, porque con la taumatúrgica liberación de los rehenes ya purgó todos sus pecados.

El grato episodio del rescate nos lleva al delirio colectivo, como un asunto de fútbol y telenovela. Hasta bueno –como lo declara un tango– emborracharse bien para no pensar. Esperemos que la empelotada de Yidis desnude otras cosas. Amén.

 

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