Por: Arlene B. Tickner
Con apenas cinco años en el poder

Delirios de grandeza

Xi Jinping, quien funge simultáneamente secretario general del Partido Comunista, presidente de la Comisión Militar Central, jefe de Estado y “líder núcleo”, se ha vuelto tan poderoso como Mao Zedong. En tan solo cinco años ha librado una feroz campaña anticorrupción que ha llevado a la investigación, disciplinamiento y encarcelación de cientos de miles de funcionarios públicos, oficiales del Partido y militares —y de paso la eliminación de rivales claves—; ha intensificado la censura y la represión de voces opositoras por fuera del Partido, incluyendo los disidentes políticos, los activistas de derechos humanos y las minorías étnicas; y ha alterado el sistema de pesos y contrapesos, y de gobierno por consenso característicos de la política china desde la década de los ochenta.

La propuesta de eliminar el límite del mandato presidencial —fijado actualmente en dos períodos— constituye al ápice de este proceso, que se ha visto reflejado en la incorporación en vida del pensamiento de Xi “sobre el socialismo con características chinas para una nueva era” como preámbulo de la constitución. En términos generales, éste propone hacer grande de nuevo al país mediante el fortalecimiento de la nación (y el nacionalismo), la purificación del partido y el culto a la personalidad de Xi, todo bajo el lema del “sueño de China”.

Los cambios efectuados en la política interna también se han visto reflejados en la política exterior de China, que hasta entrados los 2000, había seguido el axioma de Deng Xiaoping de “mantener un bajo perfil” con miras a consolidar el desarrollo nacional y cultivar relaciones armoniosas con el mundo basadas en una doctrina de la no-interferencia orientada a proteger a China de la intervención occidental en sus propios asuntos domésticos. Una de las diferencias principales de la estrategia de Xi —producto en buena medida de su concentración del poder— es que ejerce una política exterior más agresiva, consistente en la reapropiación de territorios en el mar del Sur de China, el despliegue militar en zonas fronterizas y marítimas en disputa, el uso de la intimidación, el castigo y la premiación (sobre todo en inversión y préstamos) en sus tratos con otros, y la búsqueda de liderazgo mundial en temas tales como comercio, finanzas, infraestructura y energías limpias, entre otros mediante la iniciativa “one belt, one road” (OBOR).

Desde el inicio de la era de reforma introducida por Deng, la realidad china se ha caracterizado por el crecimiento económico sostenido, la paulatina apertura ideológica al mundo y la institucionalización de reglas de cogobierno que han garantizado un grado relativo de estabilidad política. El delirio de grandeza de Xi pone en entredicho la posibilidad de una transición fluida de poder a futuro. Tan controversial es la idea del mandato vitalicio, sobre todo entre la población urbana educada, que la crítica abierta no se ha hecho esperar, y queda por verse hasta cuando — en un contexto de creciente desaceleración económica y desempleo — el líder chino seguirá gozando de tan alta popularidad. En cuanto al resto del mundo, los últimos hechos ratifican la disonancia que existe entre la imagen global que China ha buscado proyectar de un país moderno, globalizado y responsable, y una realidad local caracterizada por el retorno al pasado.

 

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