Por: Humberto de la Calle

Delito y política

PARA QUIENES DESPERTAMOS A LA política al comienzo del Frente Nacional, la prolongada popularidad de Uribe es un misterio. Hasta ahora, los presidentes solían terminar a rastras sus mandatos. Una de las explicaciones tiene que ver con el papel de la política criminal.

El aumento de la criminalidad desde los años 70 (con excepción de la década de los 90 en Estados Unidos) desplazó el centro de gravedad de la política hacia el crimen. Murió la concepción liberal y “civilizada” de un Estado de bienestar preocupado por la rehabilitación de los delincuentes y fue lentamente reemplazado por un discurso punitivo. No hace mucho apareció la víctima como protagonista central del drama penal. El tinglado, antes reservado a sicólogos expertos, fue ocupado por políticos exacerbados. Los medios le apostaron al frenesí del castigo. El crimen ocupa más de un tercio de los noticieros en todo el mundo.

Fue la época de ascenso de la Thatcher y de Reagan.

En Colombia, las diferencias evidentes con los países anglosajones, en vez de atenuar el clima político, contribuyeron a exacerbarlo. La frustración del Caguán, por ceguera de la guerrilla, llegó hasta el punto de poner en salmuera la figura del delito político.

Montado en esta ola, Uribe se colocó como el líder de la represión de una criminalidad que hasta los setentas era preocupación de los más ricos y los más pobres y que hoy es una angustia compartida por todos. David Garland (Perspectivas sociológicas sobre el castigo) habla de la normalización del crimen en cuanto éste se ha convertido en compañero inseparable de la vida de la gente sin distingo alguno.

La oposición se ha dejado enredar en el melodrama de las causas sociales del crimen como visión exclusiva en la génesis del delito, en vez de seguir ampliando las fronteras de la seguridad sin dar pie a que la gente leyera su mensaje como una claudicación frente al crimen.

Si la oposición quiere ganar, ese es el camino. El caso de Gran Bretaña es indicativo: el Laborismo, en vez de atacar a la Thatcher por antiliberal, reelaboró su mensaje. Mientras el lema de la Dama de Hierro era duro contra el crimen, Blair dijo: duro contra el crimen y contra las causas del crimen.

Garzón lo entendió bien. Carlos Gaviria se resiste. En ese escenario, el Partido Liberal, en vez de jugar ambiguamente, debe reivindicar los mil títulos que tiene sobre esta materia. César Gaviria fue un líder fuerte contra todas las modalidades criminales: combatió la guerrilla, abatió los grandes capos y fue el primer colombiano en ponerse las botas contra el paramilitarismo. Su última entrevista es indicativa de que ha entendido este mensaje.

Entre tanto, la víctima, que apenas tenía en el pasado el papel de denunciante o parte civil, ocupa hoy el centro del escenario. El liberalismo ha jugado bien con el proyecto de ley aprobado el miércoles. Por muchas que sean las razones que acompañan al Gobierno, en esta materia debe bajarse del no se puede, si no quiere arriesgar un componente básico de su plataforma política.

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