Democracia directa en acción

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Los hechos que hacen historia se ven mejor en perspectiva. Tal vez por eso andamos confundidos tratando de entender lo que estamos viviendo. Un concierto de cientos de músicos que participan espontáneamente en un “cacerolazo sinfónico”. Unos maestros que abren sus clases para que los ciudadanos se sumen a ellas en un parque. Un cacerolazo de horas, que muestra a una ciudadanía despierta. Unas jóvenes que resumen en un performance el dolor de años de miles de mujeres en el mundo. Estudiantes que cantan, indígenas que hacen sus rituales ancestrales en mitad de la ciudad, agentes del Esmad y manifestantes tomando juntos chocolate. Comerciantes que le hacen “paro al paro” vestidos de Papá Noel. Y sí, claro, hechos graves de violencia que repudiamos y nos duelen. De violencia hablamos siempre. Yo quiero hablar de lo otro: de una ciudadanía que encontró otras maneras de hablar.

Creo que estoy demasiado cerca de los hechos y tengo demasiados años para poder entender esto que va pasando, pero intuyo que estamos ante una transformación de hondo calado. Veo en acción a una democracia directa, ciudadanos empoderados con herramientas digitales que ponen en jaque lo que conocíamos hasta ahora en nuestras democracias representativas. Hoy todos tienen voz y la usan sin intermediarios para hablar de sus motivos de protesta: la falta de empleo después del esfuerzo de estudiar, la ausencia de esperanza, el reclamo por el medio ambiente, los muchos muertos que seguimos arrastrando, la ilusión de paz. Sorprende que algunos no lo entiendan, no lo vean y que insulten a tanta gente buena. Tal vez no han tenido que tomar la decisión crucial para escoger entre el pan y el pasaje, como decía un grafiti.

Leo, escucho y veo lo que dicen los políticos y líderes de distintos sectores y noto respuestas viejas para un fenómeno nuevo. Intentan meter lo que vivimos en categorías obsoletas. Creo que a la democracia le pasa lo mismo que a todos los sectores impactados por tecnologías que revolucionan el transporte, la manera de viajar, de leer, de aprender, de enamorar, de informar. Y si aún no acabamos de regular ni el servicio de Uber, también nos queda grande entender cómo funciona ahora la democracia de millones de ojos y bocas de ciudadanos que todo lo ven, todo lo juzgan, todo lo critican, todo lo exigen. Los liderazgos son distintos, son efímeros, son colectivos, son de nadie, son de todos. Lo decía una de las jóvenes que participó en el performance “Un violador en tu camino” en Bogotá: “No soy organizadora de nada, esto no es de nadie, vino de Chile y aquí lo hicimos con amigas, es de todas”.

Me siento caminando en medio de flashes de futuro que me aturden y me sorprenden porque llevo décadas cubriendo el mismo pasado. Lo que veo en ese futuro que se asoma en el horizonte es que será más equitativo, o debe serlo; más justo, o debe serlo; más incluyente, o debe serlo. Es un futuro feminista, animalista, ambientalista y con un marcado rechazo al odio y a la violencia. Y los líderes poco entienden, los vándalos no entienden, los que conspiran y arman estrategias de terror no entienden, los que no ven más allá de sus privilegios no entienden. Yo tampoco entiendo porque la historia es esto que vivimos, nos pasa por delante y es difícil procesar. Cuánto nos está costando a los periodistas entender que si bien la violencia es noticia, hay también hechos que sin serlo sacuden más que el estallido de las bombas. Cuesta ver, cuesta entender, cuesta narrar. Y la ciudadanía ahí, mostrando de mil maneras que hay una ruta distinta. Mientras tenemos un bosque que nos abraza, algunos ven solamente la rama de un árbol que se quiebra. No acabo de entender lo que está pasando, pero pocas veces había sentido con tanta claridad que soy testigo de un giro histórico. Ojalá tomemos el rumbo que convenga a todos.

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