Por: Rodolfo Arango

Democracia e integración europea

John Gray opinaba hace poco que la Unión Europea está muerta pero sus mandatarios se niegan a aceptar el desastre y a rectificar el curso.

Son múltiples las razones en las que basa su pesimismo: el fracaso del euro, la falta de una política económica y monetaria unificada entre los diferentes países de la unión y, en especial, las transferencias económicas para salvar a países en crisis y que horadan el respaldo popular a los mandatarios de países con músculo económico que apoyan dichas ayudas, como por ejemplo Alemania y Francia. Gray termina enunciando una terrible paradoja: la solidaridad es condición necesaria para la integración, pero no puede ser impuesta por decreto desde Bruselas.

La reflexión de Gray es una carga de profundidad. No sólo el nacionalismo y la xenofobia van en contravía de la cooperación regional y del rescate a países en problemas. Las concepciones mismas de la democracia y de la solidaridad, que subyacen al comentario del filósofo inglés, limitan la posibilidad de defender el proyecto de la Unión Europea, tan necesario si se contrasta con otros proyectos políticos —EE. UU., China— que poco se toman en serio los derechos humanos.

En cuanto al sistema de gobierno cabe recordar lo dicho por Rousseau sobre el ideal del autogobierno: la verdadera democracia nunca ha existido y quizás nunca existirá, salvo en pequeñas comunidades. Tal es el caso de Suiza, país que no hace parte de la Unión Europea, donde los referendos populares funcionan gracias al tamaño de su población y territorio. Una democracia directa así no puede esperarse de la Unión Europea. Menos aún atendidas su creciente extensión y su complejidad. En estas circunstancias sólo es defendible un sistema representativo erigido sobre partidos políticos de nivel regional. Lo grave es que por el momento éstos no existen, materia en la que corresponde a la Unión avanzar si quiere ver realizada efectivamente la integración.

Gray acierta al decir que la solidaridad no se impone por decreto. Pero esto no quiere decir que no podamos promoverla por otros medios, v. gr. la educación. No es realista pensar que los ciudadanos centroeuropeos se acepten de la noche a la mañana como iguales en derechos a los demás nacionales de la Unión, cosa por cierto difícil de alcanzar. Pero por algo es necesario empezar, y eso es el apoyo económico a personas y países que lo necesitan. Que la solidaridad universal no exista aún no significa que no sea deseable construirla y tener políticas en dicha dirección. Incluso desde una teoría de la acción racional, la cooperación y coordinación resultan preferibles a la defensa de vínculos locales, sanguíneos o nacionales. La viabilidad de la Unión Europea no sólo depende de la estabilidad del euro. A la inversa, la estabilidad del euro depende de la superación del etnocentrismo y de la posibilidad de ampliar la lealtad para cobijar a extraños lejanos o a países en situación de dificultad. En suma, la integración de Europa requiere una democracia indirecta con partidos políticos de alcance regional, la cual base su accionar en la solidaridad universal promovida mediante una educación para la libertad y la democracia.

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