Por: Rodolfo Arango

Democracia en retroceso

NO ES NECESARIO LEER GRANDES tratados para entender que los partidos políticos son indispensables para las democracias modernas.

Sólo las organizaciones basadas en principios, reglas y procedimientos en torno a un ideario común pueden aglutinar las opiniones y preferencias de millones de personas de manera ordenada y darles representación en las decisiones generales.

Los partidos son cajas de transmisión entre los individuos y las instancias de poder. La responsabilidad política de los gobiernos depende directamente de la seriedad y del respeto a las reglas del juego por parte de los partidos. No en vano las democracias consolidadas tienen pocos y diversos partidos que permiten a los ciudadanos situarse en el espectro ideológico —derecha-centro-izquierda—, bien sea para gobernar o para ejercer la oposición cuando se es minoría.

La democracia plebiscitaria o referendataria, por su parte, aunque invoque la voluntad popular y pretenda presentarse como participativa, desvirtúa la acción política basada en principios y claros fines sociales. La democracia popular —representada en los pintorescos consejos comunitarios— desorienta a la ciudadanía al simular soluciones estructurales mediante la retórica participativa que mantiene los privilegios de los poderosos. No es casual que los regímenes totalitarios pretendan hacer volar por los aires las estructuras de los partidos en aras de alcanzar propósitos “supremos”, por lo general metafísicos como la salvación de la patria o escatológicos como la superación de la diferencia.

Pero las ansias populistas no están reservadas al presidente Uribe. Las comparten el ex presidente César Gaviria y el ex alcalde Lucho Garzón. A éstos, más preocupados por los resultados electorales, no los trasnocha echar por la borda la coherencia y la sindéresis de los propósitos políticos del partido. El mensaje para el ciudadano no puede ser más ambivalente y dañino: vale aliarse hasta con el “diablo” siempre y cuando el pacto sea ventajoso para acceder al poder. Esta receta la tuvimos ya que vivir con la alianza entre partidos y paramilitares. Los realistas correrán a decir que esa es precisamente la “inteligencia política”. Pero la realidad seguirá siendo la ausencia de convicciones y de honestidad en la persecución de un futuro digno para la comunidad.

 Nada hay más saludable para la estabilidad política de la sociedad que partidos políticos fuertes, serios y respetuosos de miembros propios y ajenos. Nada más vicioso que el manejo de cúpulas y camarillas en la dirección de los cuerpos intermedios de representación popular. Cuando el ex presidente Gaviria sonsaca a Lucho para que ingrese al “to-con-re”, o cuando Lucho desprecia a su partido ante la ausencia de respaldo en el Polo, cada cual traiciona la confianza depositada por sus afiliados. ¿Se imaginan a los seguidores del partido liberal votando por Lucho o a los polistas haciéndolo por César Gaviria, por el mero hecho de oponerse a Uribe? ¡Es algo parecido a vender el sofá ante la infidelidad de la querida!

Mantener a los diferentes partidos políticos separados, coherentes e identificables es algo saludable para la democracia. Los líderes de estas agrupaciones retroceden democráticamente al obviar la importancia de dichas diferencias. La democracia se alimenta del disenso, de la deliberación y de la responsabilidad por los actos de gobierno, no de la sagacidad individual y el oportunismo para asegurar propósitos inmediatos.

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Postdata: El exceso de adjetivos contra el Polo por parte del columnista de Planeta, Mauricio Vargas, es directamente proporcional a la propaganda de CMI a favor de Juan Manuel Santos. ¿Reacción de la derecha a los pasos de animal grande de la izquierda organizada?

 

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