Por: Christian Jaramillo

Democracia: ¿gobierno de sabios?

HUMBERTO DE LA CALLE PUBLICÓ el domingo pasado una excelente columna en este periódico (la "Nueva legitimidad", 17/04/11) en la que argumentaba que lo que se entiende por democracia ha cambiado su fundamento.

Que el ejercicio de votación directa ya no confiere la legitimidad democrática, sino que “lo que legitima hoy una democracia es la capacidad de la organización política para hacer prevalecer los derechos fundamentales”. Y que, consecuentemente, los nuevos árbitros últimos de la democracia son los jueces y no los legisladores.

Evidentemente tiene razón el columnista al decir que los jueces son los árbitros últimos de nuestra sociedad colombiana. Efectivamente ordenan gasto y vetan tributación a pesar del Legislativo, determinan políticas públicas en contravía del Ejecutivo e interpretan la Constitución —según es su mandato, es cierto— sin que nadie los pueda controvertir.

Es menos clara la segunda tesis de De la Calle: que para los colombianos la fuente de legitimidad del Estado sea la protección de los derechos fundamentales, así, en plural. Para buena parte de nosotros esto de la legitimidad parece basarse simplemente en imponer el orden para proteger el derecho a la vida y la propiedad privada. El resto de la “(…) la dignidad de la persona humana lo cual incluye, y quizás con mayor intensidad, los derechos de las minorías” pareciera quedar subordinado.

Si no nos ponemos de acuerdo en esto de los derechos fundamentales, entonces ¿cuál es el sustento de la legitimidad del Estado? En esto el columnista creo que nos da la respuesta de manera implícita, al insistir en llamarnos democráticos: nuestro Estado nos parece legítimo en la medida en que lo podamos llamar democrático. Somos democráticos, así no nos pongamos de acuerdo sobre qué es una democracia. Si la manera de tomar decisiones cambia, cambiamos la definición de democracia para que siga cuadrando.

Este punto no es menor. Los jueces no son elegidos por aquellos sobre los que juzgan; si se erigen en los árbitros últimos, no se trata de una democracia. Se trata, en el mejor de los casos, de un gobierno de sabios. Esto no pretende ser una crítica al sistema, sino una observación. El empeño de estirar hasta el absurdo el significado de la palabra “democracia” se debe, creo, a un fenómeno descrito por Orwell: “Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen pretenden que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un significado”. No deberíamos sucumbir a este temor. La democracia no es perfecta. Es posible abusar de ella: abusar por ejemplo de la votación directa como mecanismo de toma de decisiones, eliminando el diálogo y la búsqueda de consensos, y pisoteando a las minorías. O inventarse el Estado de Opinión.

Que un poco menos de democracia y más de gobierno de sabios pueda ser una buena cosa es un tema que amerita una discusión abierta. Pero llamemos las cosas por su nombre.

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