Por: Cecilia Orozco Tascón

Democracia sí, pero poquita

PARECE QUE EL SISTEMA DEMOCRÁ-tico gusta en estas tierras pero "sin que exageremos", como diría la gente bien: plegarse a la Constitución, aunque no tanto.

Acatar las leyes, sólo si conviene a nuestros planes. Respetar los códigos, salvo que estorben el camino. Si algo se le puede reprochar al expresidente Uribe en estos días, es el inmenso daño que, bajo la disculpa de recuperarle la seguridad a Colombia, le hizo al Estado de derecho. Éste, mal que bien, subsistía hasta cuando el exmandatario empezó a trapear el piso con la honra y los fallos de los jueces, para felicidad de los dictadorzuelos que encontraron su reino en la última década, y de los bandidos de cuello blanco que supieron aprovechar el río revuelto generado por las ambiciones del gobernante. Ocho años de insultos a los tribunales, cada vez que sus sentencias no coincidían con el proyecto autocrático de moda, surtieron más efectos de los que se podían calcular en un país que supuestamente se caracteriza por ser la “democracia más antigua del continente”.

Por eso no debe sorprenderle a nadie que los seguidores del uribismo hayan salido a despotricar de la Corte Suprema como en sus mejores tiempos, porque ella incurrió en el crimen de respetar y exigir respeto por las leyes y los tratados internacionales. Su decisión de declarar nulos, como pruebas judiciales, los contenidos de los computadores de Raúl Reyes obtenidos de manera ilegal en territorio extranjero y en ausencia de autoridad competente —¡semejante par de boberías!— le valió que la acusaran de haber cometido una “imbecilidad”. Quienes así se pronuncian no son peleadores que saben liarse únicamente a puños y patadas. Lo preocupante es que las reacciones de ira contra las órdenes judiciales provengan de profesionales del derecho de quienes se espera, si no ponderación, al menos un poco de prudencia. No hay que olvidar que estamos en una nación plagada de sicarios. La verdad monda y lironda es que a la Corte la critican porque no fue políticamente “correcta” en términos uribistas. Para la protección de los derechos, ojalá que nunca lo sea.

Fenómeno similar ocurrió, en otro plano, con la terna del Polo para sustituir a Samuel Moreno en la Alcaldía de Bogotá. Dicha terna mereció el calificativo de “vergonzosa”. Se argumentó que el primer aspirante era sindicalista; el segundo, un hombre de leyes, condición que hoy se debe ocultar; y que la tercera era una funcionaria “menor”. El clasismo rampante. No obstante, había otro exceso democrático que molestaba más. ¿Por qué no se habrá dicho, sino en voz baja, que fue “vergonzosa” la selección de Santos, del exsindicalista Angelino Garzón para reemplazarlo en caso de necesidad? ¿Por qué no protestaron cuando Lucho Garzón, otro exsindicalista, fue elegido alcalde sin experiencia administrativa? ¿Cuántos columnistas le han preguntado al liberalismo o a Cambio Radical por su aval para dos candidatos a la alcaldía en momentos de máxima emergencia ciudadana cuando ellos, a pesar de ser talentosos y honestos, no tienen hoja de vida académica ni horas de vuelo que los soporten? La respuesta es una: el vicepresidente Garzón y el exalcalde Garzón llegaron a sus posiciones cuando el establecimiento estaba tranquilo con ellos. Y los candidatos liberal y radical son parte de la élite social bogotana. El Polo ha dado toda la papaya del mundo para que lo acribillen políticamente, es cierto. Pero no seamos hipócritas: si Tarsicio Mora fuera más blando y el exconsejero Moreno o Mariella Barragán tuvieran más apellidos, la cosa hubiera sido a otro precio. Rezagos del uribismo: nos gusta la democracia, pero poquita.

 

 

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