Por: Augusto Trujillo Muñoz

Democracia sin partidos

Entre el presente siglo y el anterior existe una inmensa diferencia, que tuve la oportunidad de mencionar en reciente diálogo universitario: En el pasado los cambios eran imperceptibles por lo lentos, mientras hoy son imperceptibles por lo rápidos.

El aserto tiene que ver fundamentalmente con ciertas tesis acuñadas por la modernidad, que se volvieron indiscutibles a partir del siglo xix. Una de ellas supone que sin partidos políticos no funciona una auténtica democracia. Tal afirmación podría ser válida en una sociedad más o menos homogénea y, sobre todo, en regímenes parlamentarios, pero carece de validez en esta América ibérica.

Dicha tesis está asociada con otra, que acabo de leer en la última columna publicada en este diario por el profesor Rodolfo Arango –un hombre de ideas, valioso como pocos-  según la cual la democracia colombiana está en ruinas por causa de la crisis de los partidos políticos. Si bien el país necesita una reforma política y del sistema electoral para garantizar transparencia en la actividad pública,  me temo que el problema va más allá de la crisis de los partidos. Estamos en un momento en que es necesario privilegiar sobre la de democracia con partidos políticos, la democracia con la gente, es decir, con los ciudadanos.

El pensamiento moderno encontró en la idea de la representación una respuesta al funcionamiento democrático en medio de su constructo, que separaba la sociedad y el estado. Hizo al representante irresponsable políticamente frente a sus representados, consecuente con toda una serie de abstracciones necesarias para justificar los nuevos paradigmas institucionales, comenzando por el estado-nación.

Pero el siglo xxi- que a mi juicio se inició con los años noventas- trajo consigo la pluralidad social y, en esa medida, superó la idea moderna de una ‘democracia unificadora’, según la denominación de Arend Liphart. En sociedades plurales la representación se fragmenta tanto que afecta no sólo el funcionamiento de los partidos sino del congreso. Por lo tanto es preciso matizar la idea de que los problemas de nuestra democracia obedecen a la crisis de los partidos.

La crisis de los partidos se debe –entre otras razones- al tránsito que se ha dado de la democracia tradicional hacia una democracia de participación. Es apenas obvio que si los ciudadanos se pueden representar a sí mismos, no van a demandar ni a necesitar de otro que los represente. Claro, la democracia participativa es más fácil de ejercer en comunidades pequeñas y con gobiernos de proximidad. Por eso la contrapartida de una economía globalizada, es una política localizada. No sin razones la constitución del 91 estableció al municipio como entidad fundamental del estado.

Pero la idea clásica de que la entidad fundamental del estado es la nación, neutraliza al pensamiento moderno frente a la idea  de la participación, incluso en los niveles locales. Mantiene su ideal representativo, cuya eficacia no está probada más allá del parlamentarismo. Cuando las sociedades son tan desiguales y tan excluyentes como la nuestra, es preciso abrirse hacia el mencionado tránsito conceptual o estaremos suplantando la democracia por la partidocracia. Este cambio se ha venido operando con tanta rapidez que, por eso mismo, nos resulta imperceptible.

Ex senador, profesor universitario.

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