Por: Alvaro Forero Tascón

¿Democracia vibrante o enferma?

La democracia colombiana, en transición del anticomunismo a la normalización, se encuentra en uno de sus mejores momentos, pero a la vez sufre de un cáncer que hace metástasis.

Casi que por primera vez en su historia, la democracia colombiana permitió una competencia libre entre las distintas fuerzas ideológicas y políticas. Después de siglos de dominación de un bipartidismo pasional hasta la violencia, seguido de un anticomunismo obsesivo basado en un duopolio excluyente primero, y en una guerra antisubversiva después, una fuerza política de izquierda domina la dinámica de la elección presidencial y compite cuerpo a cuerpo contra todo el establecimiento político y económico unido para atajarlo.

Juan Manuel Santos recibió una democracia degradada por la búsqueda de permanencia en el poder del uribismo y la filosofía autoritaria que llamó el “Estado de opinión”, que pretendía reemplazar el Estado de derecho. Ocho años de caudillismo populista habían debilitado las instituciones ante la personalización de casi todos los aspectos de la vida pública, la disminución de los órganos del Estado como los Ministerios de Justicia y de Trabajo, el ataque a otras ramas del poder, etc. El uribismo pretendía saltarse los límites constitucionales por vía de un tercero que representaba una candidatura hegemónica centrada en el militarismo anticomunista.

Santos restableció el apego a la Constitución regresando a la tradición liberal reformista, centrada en la reforma más estructural desde 1991, la paz con las Farc. El conflicto armado era la principal enfermedad de la democracia porque permitía que el sistema político se legitimara por vía de la violencia antiguerrillera y relegara reformas críticas contra la corrupción, la desigualdad, la impunidad, el atraso del campo, entre otras. En solo meses el proceso de paz permitió reconfigurar drásticamente las fuerzas políticas.

Por una parte tenemos una democracia vibrante, con alternativas diversas, tranquilidad para hacer política, garantías a la oposición y a las minorías, mayor participación, reconocimiento internacional, recorte a la influencia del clientelismo, entre otras muchas cosas positivas.

Pero a la vez es una democracia dominada por el populismo. Uno que ha dividido profundamente a la sociedad con niveles de rabia y desconfianza solo comparables a los de hace 70 años, que tiene la principal transformación de esta generación —la paz con las Farc— en riesgo, y que ha tomado control de la dinámica política. Un populismo de derecha basado en el rechazo autoritario al proceso de paz, que por su ferocidad logró generar niveles tan altos de pesimismo e indignación contra las instituciones que le abrió camino al populismo de izquierda, que es a la vez un beneficiado de la indignación y una reacción al extremismo del uribismo.

Como en Estados Unidos, en Rusia, en Hungría, en Venezuela, en Bolivia, el populismo es en esencia antiliberal, y ataca la naturaleza de la democracia buscando reemplazar las instituciones con personalísimos que tarde o temprano recurren a formas de autoritarismo que limitan o deterioran la democracia.

Iván Duque puede continuar haciendo la transición de su partido hacia el antipopulismo, o sucumbir a las presiones de éste desde la oposición tratando de competirle con más populismo.

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